#1 Adiós
Queridos foreros:
Dado que por la preparación de mi mudanza y radicación en Uruguay últimamente no puedo participar mucho en los juegos y consignas, hago esto mucho más fácil y que requiere menos tiempo: envío un cuento que tengo escrito de hace mucho y que, por su extensión, no iría en los juegos.
Adiós
Poco importa cómo conocí a Cristina. Tal vez me la presentaran, o la haya encontrado en un baile o a la salida de un teatro, y hasta es posible que la abordara en la calle. Poco importa cómo y no diré la verdad, y las razones para no decirla tampoco le interesan a nadie. El resto de la historia es harina de otro costal; ahora que ella está muerta puedo contarla libremente, aunque sin poder evitar que por momentos el latigazo de algún recuerdo demasiado vivo me haga comprender lo poco que sirven las palabras para transmitir la realidad.
No es secreto el cuándo y el dónde. La conocí en 1964 allá en Concordia, su ciudad natal; todavía no le había dado por viajar. No había pasado una hora y ya estaba loco por ella. Espigada, de formas bellas y rostro no tanto hermoso como infantilmente expresivo, me atrajo al instante. Además de los atributos físicos debía de disponer de alguna magia especial para adueñarse de mí como lo hizo. No opuso resistencia alguna a mis requerimientos y hasta pienso que me encaminó a pronunciar las palabras adecuadas en los momentos precisos; y cuando no las dije o cuando mi inexperiencia me movió a proferir lo que se debe callar, ella manejó con desenvoltura la situación para llevar nuestros amores a buen puerto.
Reflexionando después llegué a la conclusión de que desde el principio fue adivinando mis cambiantes necesidades afectivas; y así se mostró sucesivamente seria, trabajadora, decente, misteriosa, tierna, agresiva, indefensa, y libidinosa al extremo. Muy característica al respecto era la forma de expresarse: su lenguaje pasó de la absoluta formalidad a los giros más soeces y luego a una ternura arrobadora, y lo curioso es que mucho después habría de sufrir el mismo ciclo cada vez que nos encontrásemos, tal como los embriones cumplen en el breve lapso del crecimiento las mismas etapas seguidas por sus antecesores en milenios de evolución.
Muy pronto hubo de advertir que por fuera las obscenidades me disgustaban, en tanto el niño diablo bullente dentro de mí saltaba de gozo con cada exabrupto. He dicho que podía contar el resto de la historia, pero sin embargo no suministraré ejemplos de su vocabulario más rudo para salvar estas páginas de las iras de la censura. Puedo garantizar que el desprecio por los eufemismos y la asombrosa facilidad para articular palabrotas en medio de la frase más inocente me resultaron en verdad únicos.
Claro, lo singular era la palabrería porque, con la libertad de costumbres actual y lo que se aprende leyendo, su comportamiento en la intimidad no tenía —y no podía tener— nada de insólito, si se descuenta la permanente disposición para admitir, proponer y ensayar cualquier novedad. Pero, como todo el mundo sabe o debería saber, hoy sólo las más mojigatas no hacen lo mismo.
Fue a partir del momento en que cándidamente se me entregó cuando comencé a auscultar mi corazón en busca de sospechas. Porque todo estaba demasiado bien; demasiado bien calculado. Debía regresar ese viernes a las siete de la mañana en uno de aquellos aviones tan poco dignos de confianza. Y acababa de hacer el amor con Cristina —yo sí soy propenso a los eufemismos, ¿cierto?— por primera vez ese mismo día a eso de las cuatro de la madrugada, poco después de haberla conocido, tras una noche de idas y venidas por diversos boliches, gratamente sorprendido por los cambiantes giros de nuestra relación y disfrutando por anticipado del previsible éxtasis con que culminaría.
Había sido conducido como de la mano para que todo ocurriese así con precisión, antes de que no pudiera consumarse pero no demasiado antes, para evitar una saciedad prematura. Para ella carecía de sentido la vieja artimaña de hacerse desear negándose, y la había sustituido por este manejo más refinado. Y las historias que me había contado ¡olían tanto a invenciones! Así era yo víctima de mis cavilaciones, ya en vuelo y sin haber dormido, con placer masoquista. Habría sido capaz de abandonar esposa e hijos —en caso de haberlos tenido— por esta loca, y ya dudaba de ella. ¡Desdichada condición la del introspectivo! “Conócete a ti mismo”: es tarea que dura toda la vida. Ahí estaba desdoblado, en lucha sorda y sin miras de decisión, tal vez gozando del espectáculo deportivo.
Como me “conocía a mí mismo” sabía que, por más enloquecido que ella me tuviese, triunfarían las prosaicas razones de trabajo y no volvería a Concordia más de dos o tres veces al año, conocimiento que no impedía la consideración del tema al infinito. Bien, ¿y cuál era el problema de Cristina? Pues... ella sí era casada o por lo menos eso decía, ¡maldita duda!
Nos veíamos poco, pero nos escribíamos sin descanso. ¡Y las cartas! Con mi “flema inglesa” —decía Cristina— yo me limitaba a frases largas, cuidadosamente pesadas —ustedes ya me conocen—, donde entre líneas se insinuaba lo que quería decir, no mucho, con el pretexto de la prudencia, por si cayeran las cartas en manos del marido. La verdad era por supuesto otra y ya se habrá adivinado: me avergonzaba volcar mis sentimientos en negro sobre blanco. Cristina no tenía ese problema: escribía con tinta verde sobre papel lila muy perfumado. Con cada una de las cartas recibía de mi madre una mirada penetrante, inquisidora, tras la cual sin pronunciar palabra dejaba la esquela sobre el escritorio. Yo hacía como si no viese nada o como si de un folleto de propaganda se tratara; es decir, quería hacerlo, porque en realidad la sangre se me agolpaba en el rostro. No bien quedaba solo, rasgaba el sobre con pueril apresuramiento y comenzaba a leer. Eso era mucho peor, porque si las obscenidades se toleran al hablar, por escrito se tornan demasiado conspicuas. Y Cristina no perdía oportunidad de insertarlas en cualquier lugar y combinarlas en frases que describían pasiones, deseos y actos de los cuales la reconocía capaz. El rubor, cuyo origen era más excitación contenida que vergüenza, subía hasta hacerme arder las orejas. Terminada la lectura, rompía la carta en pedacitos pequeñísimos y —antes de arrojarla por el inodoro, lugar que le correspondía con pleno derecho— me extasiaba aspirando el perfume a bocanadas.
Nuestra relación duró varios años, la mayor parte en forma epistolar; pero tan inocuo discurrir era interrumpido por estallidos pasionales cuando nos reuníamos. Y conste que, si bien lo físico participaba mucho de estos arrebatos, un ingrediente importante lo constituían nuestras cambiantes actitudes mentales. Nunca un encuentro se asemejaba al anterior: la monotonía que se ensaña con tantos amores parecía no tener cabida en el nuestro. Pero esto no favorecía el vínculo, porque las alternativas derivaban de un singular tira y afloja.
Creo que, pese a nuestras mutuas protestas de sinceridad, nunca nos hablamos con franqueza y, si lo hicimos, cada uno pensó en un engaño oculto tras las palabras inútilmente verdaderas. Confieso haberla juzgado una estafadora moral con rostro de ángel. Sin duda todos sus actos, aun los más espontáneos en apariencia, eran originados por intenciones encubiertas, y no me preocupaban tanto las intenciones como el encubrimiento. Sólo ahora caigo en la cuenta de que quizás ella pensara lo mismo de mí pues, para no entregarme, yo también —¿o sólo yo?— disimulaba mis verdaderos pensamientos. Pero no: tengo pruebas de que por lo menos sobre ciertos temas Cristina no era veraz. Tal vez yo, con mi apariencia puritana que las vehementes declaraciones de liberalidad no conseguían contrarrestar, haya tenido la culpa de sus falacias.
Y si se duda, para juzgar bastará un ejemplo. En una de sus espaciadas visitas a Buenos Aires habíamos acordado reunirnos cierta noche. Cuando llegué al lugar convenido, ella no estaba y me fue imposible encontrarla en el hotel ni en parte alguna. Intranquilo, recorrí primero los bares de la zona para después lanzarme a la deriva, en ómnibus y a pie, por los barrios más alejados, a cada instante con la insensata esperanza de verla aparecer tras un recodo; esa noche me costó dormir. Por la mañana siguiente la llamé a primera hora al hotel, pero tampoco estaba. Cerca del mediodía me telefoneó, respondiendo con “después te explico” a mis insistentes preguntas. Cuando minutos más tarde nos encontramos, noté unas sospechosas marcas en su cuello. Adujo haberse desmayado en plena calle, atribuyendo las marcas a no sé qué absurdas inyecciones que un (¿cariñoso?) enfermero-médico le aplicó para reanimarla. Por cierto la reanimación había ocurrido, pero de forma harto distinta. Mientras le dirigía hirientes sarcasmos, me estrujaba los sesos tratando de justificarla. Tal vez ella misma estuviese convencida de su historia. Podría sufrir estados semicatalépticos o qué sé yo. Hasta hubiese admitido que, a la vista de un muchacho atractivo, sintiese una necesidad irresistible negada luego por vergüenza.
La habría perdonado, ¡qué digo!, ni me habría importado en caso de explayarse conmigo; pero en tales condiciones era imposible tomar decisión alguna, y yo era demasiado joven para comprender que a veces no hace falta tomarlas. Ella por su parte no fue lo bastante astuta como para sincerarse esa vez. Sea como fuere, nos separamos enojados en el primer episodio de una serie de peleas y reconciliaciones. Y entonces como ahora, para mí la principal tortura era la duda. ¿Duda de qué? ¿Acaso no era notorio...? Sí, lo era; pero saber falsas las historias no ayudaba a penetrar la verdad: ¡había tantas verdades posibles!
Seguimos viéndonos pese a todo. Las cartas ya no eran tan frecuentes. Solían transcurrir varios meses entre cada uno de nuestros encuentros. Por entonces a Cristina le encantaba viajar, y aprovechábamos esas ocasiones para reunirnos, libres del medio habitual y de la vigilancia familiar. Una vez nos encontramos en Paysandú, otra en Mendoza. Viendo sin futuro la relación, había intentado reemplazar a Cristina por otra mujer con menos problemas, pero los ensayos fracasaron. Seguía teniéndome tan loco como siempre, a pesar de las dudas y hasta a favor de ellas.
Un día de marzo, cuando hacía bastante que no nos veíamos, debí ir a Córdoba por negocios. Llegué ya anochecido, me alojé en un hotelito del centro y, sin nada para hacer hasta el día siguiente, salí a dar una vuelta.
Caminaba sin rumbo cuando, mirando a una pareja que iba adelante, reconocí en la mujer a Cristina. Retuve el paso para permitir que se distanciaran y luego los seguí con cautela. A poco andar entraron en un café con el anacrónico anuncio del “salón para familias” y se sentaron a una mesita contigua a una mampara. Aparentando indiferencia, entré por otra puerta y me instalé al otro lado de la mampara, lo más cerca de ellos que pude. No los veía pero alcanzaba a oírlos. Todos pedimos café, yo con voz apagada por temor de que Cristina la reconociera.
La conversación me llegaba en ráfagas deshilvanadas. Casi todo el gasto lo hacía el hombre; me asombré de no odiarlo a muerte. Hablaba de cine:
—... también la dirigió Kawalerowicz... formas austeras, blanco y negro y uno o dos tonos de gris (—¡Idiota! —mascullé)... a mediados del siglo pasado... campesinos húngaros (¡qué me importan los campesinos húngaros!)... lucha de clases... impresionante... realismo barroco... escenas alucinantes... una meticulosidad increíble... contraposiciones de color... —intercaló algunas toses y carraspeos.
Me sentí mal. Me hacía acordar de mí mismo, el imbécil, tratando de intimar oculto tras frases rebuscadas, incapaces de evocar los sentimientos que lo agitaron cuando protegido por cómodas butacas vio las películas, pobre. Y además ¡qué importaba!; aquéllos eran fósiles exquisitamente conservados; ¿sentías acaso algo en ese preciso momento? Y, si lo sentías, no eras capaz de expresarlo, ¿eh? Todas tus bellas frases, tus cultivadas emociones, no valían lo que una palabra de Cristina: “—¡Hola!” y no era sólo la palabra, sino su sonrisa, sus ojos...
—Te quiero mucho, ¿sabés?
¡Ah! y esta vez no era yo el destinatario de la sin par declaración.
Él siguió hablando. Me perdí en un bosque de conflictos. Cuando retorné, advertí que se habían ido. Me apresuré a pagar; desde la esquina pude avistarlos alejándose. Los seguí, manteniendo la distancia.
Poco después los vi trasponer la puerta de un hotel, ella con naturalidad, él mirando receloso a ambos lados. Temí no poderlos vigilar, pero pronto se encendió la luz en una habitación de altos que daba a la calle y pude distinguir las siluetas de Cristina y el hombre, enlazados por el talle en largo y para mis celos apasionado beso. La lámpara se apagó, con seguridad a requerimiento de él pues como yo bien sabía ella no titubeaba en exhibirse, y esperé lo que me pareció un tiempo interminable. Por fin el muchacho, a quien vi feo y flacucho, salió con sigilo por la puerta principal; un momento después yo entraba como al descuido por la misma puerta. Es notable cómo, tan nervioso por lo común, en los instantes cruciales una súbita serenidad se apodera de mí y actúo como en una bien ensayada representación.
El instinto me guió hacia las escaleras y elegí la puerta justa de entre las varias que daban al pasillo; mis nudillos la golpearon suavemente. Sin preguntar nada, Cristina la abrió. El asombro de verme se manifestó con unos grititos:
—¿Qué hacés aquí? ¡Qué sorpresa, puta! —ésta era una de las palabras menos gruesas que sin motivo suficiente solía introducir en la conversación. Para ahorrarme problemas suprimiré las restantes.
—Me dijo tu tía que estabas aquí —contesté.
—¿Mi tía? Pero si nadie sabe adónde estoy, ni siquiera que vine a Córdoba.
—Y sin embargo... —comencé a replicar sin convicción, cosa de no discutir. Porque, si no lo he dicho, debiera resultar claro que nuestras peleas eran más vale decisiones mías de no volver a verla.
—Bueno, qué sé yo. Pasá, qué hacés en la puerta. ¡Cariño! Con las ganas que tenía de verte...
Su aplomo era increíble; y el mío también. Pero había visto y oído lo suficiente; esta vez no me engatusaría. A medida que seguía la plática, mi decisión iba debilitándose y comencé a divagar. Al rato estábamos de lo más entretenido. En un momento de lucidez pude reflexionar sobre lo inagotable de sus energías: recién el otro y ahora yo; pero deseché el pensamiento por molesto.
Ya vestidos, hablamos de tonterías. Alguien en el fondo de mí quería decirlo todo y pasar la crisis; pero alguien más sensato se resistía porque lo sabía de antemano: la disputa me resultaría desfavorable, ella sin reconocer su culpa y acusándome en cambio, y terminaríamos enojados para reconciliarnos tiempo después.
Mientras discutía conmigo mismo, jugueteaba como siempre con lo que tenía cerca. Esta vez le tocó al cable del velador, que vino a quedar en contacto con mi mano izquierda en un lugar donde asomaba el cobre. La sacudida eléctrica fue violentísima, pero peor la recibió Cristina, cuya mano derecha tomaba mi antebrazo izquierdo en tanto su otra mano descansaba sobre el marco de hierro de la ventana.
¿Cómo recuerdo todos estos detalles? No puedo dejar de pensar que el accidente no fue tan involuntario como creí al principio. Buceando en la evocación de los instantes previos, el brillo del cobre en el lugar desgastado vuelve a mi conciencia como anterior a la descarga. ¿Y si mis recuerdos fueran falsos? ¿Si los hubiese inventado en un estéril deseo de culparme? Nunca se dirá la última palabra al respecto.
Sin embargo, tengo buenas razones para desconfiar de mi inocencia. Preferí no mencionarlo antes pero sucede que, con un socio, soy dueño y principal profesional de un laboratorio de medicina del trabajo especializado en el tratamiento y sobre todo en la prevención de accidentes. Y sé a la perfección cuándo una descarga eléctrica puede ser mortal y cuándo no, y qué se debe hacer para evitarla, y muchas cosas más que alcanzan a formar en mí una segunda naturaleza. Y también sé que muchos accidentes no son involuntarios sino originados en deseos preconscientes de destrucción, en su mayoría de autodestrucción, y perdóneseme el estilo pedante engendrado por la deformación profesional amén.
Cristina murió. Yo permanecí inconsciente un tiempo, lo bastante como para que mis intentos de practicarle respiración artificial fracasaran. El velador se había desprendido del tomacorrientes. De no haber sucedido así, mi deseo inconfeso de un suicidio con ella se habría cumplido. ¿Inconfeso? ¿Pero no es esto acaso una confesión?
Nadie se había enterado, al parecer. Pasé a premeditar el crimen: acerqué el cable a su mano inerte; borré lo mejor que pude mis rastros: las colillas de cigarrillo, las huellas de mis dedos... y me largué del hotel con tanta discreción como había entrado. Mi socio no se había enterado del viaje a Córdoba; el industrial a quien iba a asesorar habrá pensado en un caso más del “mañana sin falta”.
No hubo problemas. En ningún momento el suceso pasó de ser caratulado como “muerte dudosa”.
Así terminó aquel período de mi vida. Nada queda de entonces. Nada, salvo el recuerdo y la duda, más profunda y aterradora que nunca. Y ahora ya no hay esperanza.
Dado que por la preparación de mi mudanza y radicación en Uruguay últimamente no puedo participar mucho en los juegos y consignas, hago esto mucho más fácil y que requiere menos tiempo: envío un cuento que tengo escrito de hace mucho y que, por su extensión, no iría en los juegos.
Adiós
Poco importa cómo conocí a Cristina. Tal vez me la presentaran, o la haya encontrado en un baile o a la salida de un teatro, y hasta es posible que la abordara en la calle. Poco importa cómo y no diré la verdad, y las razones para no decirla tampoco le interesan a nadie. El resto de la historia es harina de otro costal; ahora que ella está muerta puedo contarla libremente, aunque sin poder evitar que por momentos el latigazo de algún recuerdo demasiado vivo me haga comprender lo poco que sirven las palabras para transmitir la realidad.
No es secreto el cuándo y el dónde. La conocí en 1964 allá en Concordia, su ciudad natal; todavía no le había dado por viajar. No había pasado una hora y ya estaba loco por ella. Espigada, de formas bellas y rostro no tanto hermoso como infantilmente expresivo, me atrajo al instante. Además de los atributos físicos debía de disponer de alguna magia especial para adueñarse de mí como lo hizo. No opuso resistencia alguna a mis requerimientos y hasta pienso que me encaminó a pronunciar las palabras adecuadas en los momentos precisos; y cuando no las dije o cuando mi inexperiencia me movió a proferir lo que se debe callar, ella manejó con desenvoltura la situación para llevar nuestros amores a buen puerto.
Reflexionando después llegué a la conclusión de que desde el principio fue adivinando mis cambiantes necesidades afectivas; y así se mostró sucesivamente seria, trabajadora, decente, misteriosa, tierna, agresiva, indefensa, y libidinosa al extremo. Muy característica al respecto era la forma de expresarse: su lenguaje pasó de la absoluta formalidad a los giros más soeces y luego a una ternura arrobadora, y lo curioso es que mucho después habría de sufrir el mismo ciclo cada vez que nos encontrásemos, tal como los embriones cumplen en el breve lapso del crecimiento las mismas etapas seguidas por sus antecesores en milenios de evolución.
Muy pronto hubo de advertir que por fuera las obscenidades me disgustaban, en tanto el niño diablo bullente dentro de mí saltaba de gozo con cada exabrupto. He dicho que podía contar el resto de la historia, pero sin embargo no suministraré ejemplos de su vocabulario más rudo para salvar estas páginas de las iras de la censura. Puedo garantizar que el desprecio por los eufemismos y la asombrosa facilidad para articular palabrotas en medio de la frase más inocente me resultaron en verdad únicos.
Claro, lo singular era la palabrería porque, con la libertad de costumbres actual y lo que se aprende leyendo, su comportamiento en la intimidad no tenía —y no podía tener— nada de insólito, si se descuenta la permanente disposición para admitir, proponer y ensayar cualquier novedad. Pero, como todo el mundo sabe o debería saber, hoy sólo las más mojigatas no hacen lo mismo.
Fue a partir del momento en que cándidamente se me entregó cuando comencé a auscultar mi corazón en busca de sospechas. Porque todo estaba demasiado bien; demasiado bien calculado. Debía regresar ese viernes a las siete de la mañana en uno de aquellos aviones tan poco dignos de confianza. Y acababa de hacer el amor con Cristina —yo sí soy propenso a los eufemismos, ¿cierto?— por primera vez ese mismo día a eso de las cuatro de la madrugada, poco después de haberla conocido, tras una noche de idas y venidas por diversos boliches, gratamente sorprendido por los cambiantes giros de nuestra relación y disfrutando por anticipado del previsible éxtasis con que culminaría.
Había sido conducido como de la mano para que todo ocurriese así con precisión, antes de que no pudiera consumarse pero no demasiado antes, para evitar una saciedad prematura. Para ella carecía de sentido la vieja artimaña de hacerse desear negándose, y la había sustituido por este manejo más refinado. Y las historias que me había contado ¡olían tanto a invenciones! Así era yo víctima de mis cavilaciones, ya en vuelo y sin haber dormido, con placer masoquista. Habría sido capaz de abandonar esposa e hijos —en caso de haberlos tenido— por esta loca, y ya dudaba de ella. ¡Desdichada condición la del introspectivo! “Conócete a ti mismo”: es tarea que dura toda la vida. Ahí estaba desdoblado, en lucha sorda y sin miras de decisión, tal vez gozando del espectáculo deportivo.
Como me “conocía a mí mismo” sabía que, por más enloquecido que ella me tuviese, triunfarían las prosaicas razones de trabajo y no volvería a Concordia más de dos o tres veces al año, conocimiento que no impedía la consideración del tema al infinito. Bien, ¿y cuál era el problema de Cristina? Pues... ella sí era casada o por lo menos eso decía, ¡maldita duda!
Nos veíamos poco, pero nos escribíamos sin descanso. ¡Y las cartas! Con mi “flema inglesa” —decía Cristina— yo me limitaba a frases largas, cuidadosamente pesadas —ustedes ya me conocen—, donde entre líneas se insinuaba lo que quería decir, no mucho, con el pretexto de la prudencia, por si cayeran las cartas en manos del marido. La verdad era por supuesto otra y ya se habrá adivinado: me avergonzaba volcar mis sentimientos en negro sobre blanco. Cristina no tenía ese problema: escribía con tinta verde sobre papel lila muy perfumado. Con cada una de las cartas recibía de mi madre una mirada penetrante, inquisidora, tras la cual sin pronunciar palabra dejaba la esquela sobre el escritorio. Yo hacía como si no viese nada o como si de un folleto de propaganda se tratara; es decir, quería hacerlo, porque en realidad la sangre se me agolpaba en el rostro. No bien quedaba solo, rasgaba el sobre con pueril apresuramiento y comenzaba a leer. Eso era mucho peor, porque si las obscenidades se toleran al hablar, por escrito se tornan demasiado conspicuas. Y Cristina no perdía oportunidad de insertarlas en cualquier lugar y combinarlas en frases que describían pasiones, deseos y actos de los cuales la reconocía capaz. El rubor, cuyo origen era más excitación contenida que vergüenza, subía hasta hacerme arder las orejas. Terminada la lectura, rompía la carta en pedacitos pequeñísimos y —antes de arrojarla por el inodoro, lugar que le correspondía con pleno derecho— me extasiaba aspirando el perfume a bocanadas.
Nuestra relación duró varios años, la mayor parte en forma epistolar; pero tan inocuo discurrir era interrumpido por estallidos pasionales cuando nos reuníamos. Y conste que, si bien lo físico participaba mucho de estos arrebatos, un ingrediente importante lo constituían nuestras cambiantes actitudes mentales. Nunca un encuentro se asemejaba al anterior: la monotonía que se ensaña con tantos amores parecía no tener cabida en el nuestro. Pero esto no favorecía el vínculo, porque las alternativas derivaban de un singular tira y afloja.
Creo que, pese a nuestras mutuas protestas de sinceridad, nunca nos hablamos con franqueza y, si lo hicimos, cada uno pensó en un engaño oculto tras las palabras inútilmente verdaderas. Confieso haberla juzgado una estafadora moral con rostro de ángel. Sin duda todos sus actos, aun los más espontáneos en apariencia, eran originados por intenciones encubiertas, y no me preocupaban tanto las intenciones como el encubrimiento. Sólo ahora caigo en la cuenta de que quizás ella pensara lo mismo de mí pues, para no entregarme, yo también —¿o sólo yo?— disimulaba mis verdaderos pensamientos. Pero no: tengo pruebas de que por lo menos sobre ciertos temas Cristina no era veraz. Tal vez yo, con mi apariencia puritana que las vehementes declaraciones de liberalidad no conseguían contrarrestar, haya tenido la culpa de sus falacias.
Y si se duda, para juzgar bastará un ejemplo. En una de sus espaciadas visitas a Buenos Aires habíamos acordado reunirnos cierta noche. Cuando llegué al lugar convenido, ella no estaba y me fue imposible encontrarla en el hotel ni en parte alguna. Intranquilo, recorrí primero los bares de la zona para después lanzarme a la deriva, en ómnibus y a pie, por los barrios más alejados, a cada instante con la insensata esperanza de verla aparecer tras un recodo; esa noche me costó dormir. Por la mañana siguiente la llamé a primera hora al hotel, pero tampoco estaba. Cerca del mediodía me telefoneó, respondiendo con “después te explico” a mis insistentes preguntas. Cuando minutos más tarde nos encontramos, noté unas sospechosas marcas en su cuello. Adujo haberse desmayado en plena calle, atribuyendo las marcas a no sé qué absurdas inyecciones que un (¿cariñoso?) enfermero-médico le aplicó para reanimarla. Por cierto la reanimación había ocurrido, pero de forma harto distinta. Mientras le dirigía hirientes sarcasmos, me estrujaba los sesos tratando de justificarla. Tal vez ella misma estuviese convencida de su historia. Podría sufrir estados semicatalépticos o qué sé yo. Hasta hubiese admitido que, a la vista de un muchacho atractivo, sintiese una necesidad irresistible negada luego por vergüenza.
La habría perdonado, ¡qué digo!, ni me habría importado en caso de explayarse conmigo; pero en tales condiciones era imposible tomar decisión alguna, y yo era demasiado joven para comprender que a veces no hace falta tomarlas. Ella por su parte no fue lo bastante astuta como para sincerarse esa vez. Sea como fuere, nos separamos enojados en el primer episodio de una serie de peleas y reconciliaciones. Y entonces como ahora, para mí la principal tortura era la duda. ¿Duda de qué? ¿Acaso no era notorio...? Sí, lo era; pero saber falsas las historias no ayudaba a penetrar la verdad: ¡había tantas verdades posibles!
Seguimos viéndonos pese a todo. Las cartas ya no eran tan frecuentes. Solían transcurrir varios meses entre cada uno de nuestros encuentros. Por entonces a Cristina le encantaba viajar, y aprovechábamos esas ocasiones para reunirnos, libres del medio habitual y de la vigilancia familiar. Una vez nos encontramos en Paysandú, otra en Mendoza. Viendo sin futuro la relación, había intentado reemplazar a Cristina por otra mujer con menos problemas, pero los ensayos fracasaron. Seguía teniéndome tan loco como siempre, a pesar de las dudas y hasta a favor de ellas.
Un día de marzo, cuando hacía bastante que no nos veíamos, debí ir a Córdoba por negocios. Llegué ya anochecido, me alojé en un hotelito del centro y, sin nada para hacer hasta el día siguiente, salí a dar una vuelta.
Caminaba sin rumbo cuando, mirando a una pareja que iba adelante, reconocí en la mujer a Cristina. Retuve el paso para permitir que se distanciaran y luego los seguí con cautela. A poco andar entraron en un café con el anacrónico anuncio del “salón para familias” y se sentaron a una mesita contigua a una mampara. Aparentando indiferencia, entré por otra puerta y me instalé al otro lado de la mampara, lo más cerca de ellos que pude. No los veía pero alcanzaba a oírlos. Todos pedimos café, yo con voz apagada por temor de que Cristina la reconociera.
La conversación me llegaba en ráfagas deshilvanadas. Casi todo el gasto lo hacía el hombre; me asombré de no odiarlo a muerte. Hablaba de cine:
—... también la dirigió Kawalerowicz... formas austeras, blanco y negro y uno o dos tonos de gris (—¡Idiota! —mascullé)... a mediados del siglo pasado... campesinos húngaros (¡qué me importan los campesinos húngaros!)... lucha de clases... impresionante... realismo barroco... escenas alucinantes... una meticulosidad increíble... contraposiciones de color... —intercaló algunas toses y carraspeos.
Me sentí mal. Me hacía acordar de mí mismo, el imbécil, tratando de intimar oculto tras frases rebuscadas, incapaces de evocar los sentimientos que lo agitaron cuando protegido por cómodas butacas vio las películas, pobre. Y además ¡qué importaba!; aquéllos eran fósiles exquisitamente conservados; ¿sentías acaso algo en ese preciso momento? Y, si lo sentías, no eras capaz de expresarlo, ¿eh? Todas tus bellas frases, tus cultivadas emociones, no valían lo que una palabra de Cristina: “—¡Hola!” y no era sólo la palabra, sino su sonrisa, sus ojos...
—Te quiero mucho, ¿sabés?
¡Ah! y esta vez no era yo el destinatario de la sin par declaración.
Él siguió hablando. Me perdí en un bosque de conflictos. Cuando retorné, advertí que se habían ido. Me apresuré a pagar; desde la esquina pude avistarlos alejándose. Los seguí, manteniendo la distancia.
Poco después los vi trasponer la puerta de un hotel, ella con naturalidad, él mirando receloso a ambos lados. Temí no poderlos vigilar, pero pronto se encendió la luz en una habitación de altos que daba a la calle y pude distinguir las siluetas de Cristina y el hombre, enlazados por el talle en largo y para mis celos apasionado beso. La lámpara se apagó, con seguridad a requerimiento de él pues como yo bien sabía ella no titubeaba en exhibirse, y esperé lo que me pareció un tiempo interminable. Por fin el muchacho, a quien vi feo y flacucho, salió con sigilo por la puerta principal; un momento después yo entraba como al descuido por la misma puerta. Es notable cómo, tan nervioso por lo común, en los instantes cruciales una súbita serenidad se apodera de mí y actúo como en una bien ensayada representación.
El instinto me guió hacia las escaleras y elegí la puerta justa de entre las varias que daban al pasillo; mis nudillos la golpearon suavemente. Sin preguntar nada, Cristina la abrió. El asombro de verme se manifestó con unos grititos:
—¿Qué hacés aquí? ¡Qué sorpresa, puta! —ésta era una de las palabras menos gruesas que sin motivo suficiente solía introducir en la conversación. Para ahorrarme problemas suprimiré las restantes.
—Me dijo tu tía que estabas aquí —contesté.
—¿Mi tía? Pero si nadie sabe adónde estoy, ni siquiera que vine a Córdoba.
—Y sin embargo... —comencé a replicar sin convicción, cosa de no discutir. Porque, si no lo he dicho, debiera resultar claro que nuestras peleas eran más vale decisiones mías de no volver a verla.
—Bueno, qué sé yo. Pasá, qué hacés en la puerta. ¡Cariño! Con las ganas que tenía de verte...
Su aplomo era increíble; y el mío también. Pero había visto y oído lo suficiente; esta vez no me engatusaría. A medida que seguía la plática, mi decisión iba debilitándose y comencé a divagar. Al rato estábamos de lo más entretenido. En un momento de lucidez pude reflexionar sobre lo inagotable de sus energías: recién el otro y ahora yo; pero deseché el pensamiento por molesto.
Ya vestidos, hablamos de tonterías. Alguien en el fondo de mí quería decirlo todo y pasar la crisis; pero alguien más sensato se resistía porque lo sabía de antemano: la disputa me resultaría desfavorable, ella sin reconocer su culpa y acusándome en cambio, y terminaríamos enojados para reconciliarnos tiempo después.
Mientras discutía conmigo mismo, jugueteaba como siempre con lo que tenía cerca. Esta vez le tocó al cable del velador, que vino a quedar en contacto con mi mano izquierda en un lugar donde asomaba el cobre. La sacudida eléctrica fue violentísima, pero peor la recibió Cristina, cuya mano derecha tomaba mi antebrazo izquierdo en tanto su otra mano descansaba sobre el marco de hierro de la ventana.
¿Cómo recuerdo todos estos detalles? No puedo dejar de pensar que el accidente no fue tan involuntario como creí al principio. Buceando en la evocación de los instantes previos, el brillo del cobre en el lugar desgastado vuelve a mi conciencia como anterior a la descarga. ¿Y si mis recuerdos fueran falsos? ¿Si los hubiese inventado en un estéril deseo de culparme? Nunca se dirá la última palabra al respecto.
Sin embargo, tengo buenas razones para desconfiar de mi inocencia. Preferí no mencionarlo antes pero sucede que, con un socio, soy dueño y principal profesional de un laboratorio de medicina del trabajo especializado en el tratamiento y sobre todo en la prevención de accidentes. Y sé a la perfección cuándo una descarga eléctrica puede ser mortal y cuándo no, y qué se debe hacer para evitarla, y muchas cosas más que alcanzan a formar en mí una segunda naturaleza. Y también sé que muchos accidentes no son involuntarios sino originados en deseos preconscientes de destrucción, en su mayoría de autodestrucción, y perdóneseme el estilo pedante engendrado por la deformación profesional amén.
Cristina murió. Yo permanecí inconsciente un tiempo, lo bastante como para que mis intentos de practicarle respiración artificial fracasaran. El velador se había desprendido del tomacorrientes. De no haber sucedido así, mi deseo inconfeso de un suicidio con ella se habría cumplido. ¿Inconfeso? ¿Pero no es esto acaso una confesión?
Nadie se había enterado, al parecer. Pasé a premeditar el crimen: acerqué el cable a su mano inerte; borré lo mejor que pude mis rastros: las colillas de cigarrillo, las huellas de mis dedos... y me largué del hotel con tanta discreción como había entrado. Mi socio no se había enterado del viaje a Córdoba; el industrial a quien iba a asesorar habrá pensado en un caso más del “mañana sin falta”.
No hubo problemas. En ningún momento el suceso pasó de ser caratulado como “muerte dudosa”.
Así terminó aquel período de mi vida. Nada queda de entonces. Nada, salvo el recuerdo y la duda, más profunda y aterradora que nunca. Y ahora ya no hay esperanza.
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