#1 Los hilos del desencuentro
Los hilos del desencuentro
El desencuentro se abraza a la cintura de tu nombre. Porque comprendí vagamente que la obsesión es amor; que tras la muralla negra de tus ojos había viento y allí una promesa se agitaba enloquecida. Posabas tu mano sobre el regazo y contabas una anécdota de aviones —una sonrisa más perfecta –me digo– hundiría al mundo en la humillación o en una idiotez irreparable—. Yo asentía, observaba cuidadosamente tus pupilas que brillaban, el recto tobogán de tu nariz, toda la carne de tus labios. Imaginé una barca. Llovía. Llevabas un piloto rojo y me mirabas como un arcano a la luz de una luna inmensa. Deseé que huyéramos… (esas cosas de película), mientras por dentro me preguntaba cómo haría para olvidarte. Y vieras lo que uno siente al tener que olvidar algo que aún no conoce.
Te dije que me aterran las despedidas tanto como las fotos de mi niñez. Esa febril certeza de ser un cuerpo que vive entre fotogramas de memoria aislados, rostros que reaparecen con los años como silencios amarillos y que vienen a repetirnos la moralina triste, a dejarnos en claro que el que manda es el tiempo. Y ahora sé que pasará un año entero hasta que me seas lejanamente conocida y yo vuelva a pensar en cómo hacer para olvidarte; pero para entonces quizá ya no creamos en la magia, porque uno se hace viejo con un tropezar repentino y no prevé las consecuencias de no soñar. No te culparía por ello, porque conozco el riesgo de andar con nuestros pies y que a veces la distancia…
Una mañana me despierto y pienso: “quizá fuera algo que recordé en un sueño –no tengo precisión a la hora de inventarte. Imaginate, es como pretender dibujar la rabia en los brazos de un ciclón, esa caricia de terror tan digna-, o, quizá, el hecho de moldear con mis ojos lo que temía tan perfecto: una sonrisa tuya que se escabulle por los pasillos de mi mente, a la que oigo como un lumen que se tiende sobre el mar a medianoche, en una réplica de voces que se nublan”. Entonces me revelo que enamorarme de vos fue tan sencillo como pronunciar tu nombre.
¿Para qué, no? Si ahora cae otra lágrima de mis dedos. Una lágrima que rueda sobre la pluma y se evapora para hacerse nube, para nublarte el día, para lloverte encima con el universal peso de mi angustia. Porque mi tristeza podría alcanzarte donde estés: es la desolación que late con la fuerza de un sol dentro de mi pecho. Acá, en lo hondo…
Así y todo, no hay reflexión que nos libere del desasosiego, porque la soledad es un leviatán inmundo que nos obliga a cerrar todas las puertas y la tristeza, mientras tanto, con ese cariz de pensamiento épico, casi inhumano, va tallando en el cuerpo el mapa de su tormenta. Y nos hunde, y nos baja.
El desencuentro, entonces, ovula en la certeza de que haberte visto fue conjurar una desgracia, porque todo amor inmediato se transforma en condena. Uno se tienta de sospechar que el veneno es una droga para el alma, que la agonía tiene su camino, pero es sólo una proeza de exiliado, un grito bajo el agua. Algo tan vacuo como comprender el ruido de una melodía.
Y, para colmo, entre esos silencios que uno no sabe si adjudicar a mal tiempo o a la mala costumbre de recapacitar, te imagina desatada a la sonrisa. Allí, en la penumbra donde hay una maceta ya más tierra que planta, uno adivina un contraste con tu risa y es tibio perfumar la soledad con eso. Más cuando uno sabe que la libertad se ata eternamente a lo perecedero: como esa flor y esa sombra que develan una lejanía.
No quisiera pasar por ingenuo, pero siempre creí que la libertad se trataba de pájaros, pero todos los pájaros han muerto en algún rincón del futuro. Como todo lo que baila a la luz del tiempo. Entonces deduzco que la libertad eran las nubes, esas que uso para ensombrecerte por una lágrima que te conoce. “Mi tormenta de soledad es una paloma de nubes”, me digo. Me sirvo de la libertad para gritarte que esta vida sólo nos trajo al desencuentro, que cómo no te das cuenta de que sólo basta una caricia tuya para salvar al cielo de todas las nubes que caerán de mis ojos.
El desencuentro se abraza a la cintura de tu nombre. Porque comprendí vagamente que la obsesión es amor; que tras la muralla negra de tus ojos había viento y allí una promesa se agitaba enloquecida. Posabas tu mano sobre el regazo y contabas una anécdota de aviones —una sonrisa más perfecta –me digo– hundiría al mundo en la humillación o en una idiotez irreparable—. Yo asentía, observaba cuidadosamente tus pupilas que brillaban, el recto tobogán de tu nariz, toda la carne de tus labios. Imaginé una barca. Llovía. Llevabas un piloto rojo y me mirabas como un arcano a la luz de una luna inmensa. Deseé que huyéramos… (esas cosas de película), mientras por dentro me preguntaba cómo haría para olvidarte. Y vieras lo que uno siente al tener que olvidar algo que aún no conoce.
Te dije que me aterran las despedidas tanto como las fotos de mi niñez. Esa febril certeza de ser un cuerpo que vive entre fotogramas de memoria aislados, rostros que reaparecen con los años como silencios amarillos y que vienen a repetirnos la moralina triste, a dejarnos en claro que el que manda es el tiempo. Y ahora sé que pasará un año entero hasta que me seas lejanamente conocida y yo vuelva a pensar en cómo hacer para olvidarte; pero para entonces quizá ya no creamos en la magia, porque uno se hace viejo con un tropezar repentino y no prevé las consecuencias de no soñar. No te culparía por ello, porque conozco el riesgo de andar con nuestros pies y que a veces la distancia…
Una mañana me despierto y pienso: “quizá fuera algo que recordé en un sueño –no tengo precisión a la hora de inventarte. Imaginate, es como pretender dibujar la rabia en los brazos de un ciclón, esa caricia de terror tan digna-, o, quizá, el hecho de moldear con mis ojos lo que temía tan perfecto: una sonrisa tuya que se escabulle por los pasillos de mi mente, a la que oigo como un lumen que se tiende sobre el mar a medianoche, en una réplica de voces que se nublan”. Entonces me revelo que enamorarme de vos fue tan sencillo como pronunciar tu nombre.
¿Para qué, no? Si ahora cae otra lágrima de mis dedos. Una lágrima que rueda sobre la pluma y se evapora para hacerse nube, para nublarte el día, para lloverte encima con el universal peso de mi angustia. Porque mi tristeza podría alcanzarte donde estés: es la desolación que late con la fuerza de un sol dentro de mi pecho. Acá, en lo hondo…
Así y todo, no hay reflexión que nos libere del desasosiego, porque la soledad es un leviatán inmundo que nos obliga a cerrar todas las puertas y la tristeza, mientras tanto, con ese cariz de pensamiento épico, casi inhumano, va tallando en el cuerpo el mapa de su tormenta. Y nos hunde, y nos baja.
El desencuentro, entonces, ovula en la certeza de que haberte visto fue conjurar una desgracia, porque todo amor inmediato se transforma en condena. Uno se tienta de sospechar que el veneno es una droga para el alma, que la agonía tiene su camino, pero es sólo una proeza de exiliado, un grito bajo el agua. Algo tan vacuo como comprender el ruido de una melodía.
Y, para colmo, entre esos silencios que uno no sabe si adjudicar a mal tiempo o a la mala costumbre de recapacitar, te imagina desatada a la sonrisa. Allí, en la penumbra donde hay una maceta ya más tierra que planta, uno adivina un contraste con tu risa y es tibio perfumar la soledad con eso. Más cuando uno sabe que la libertad se ata eternamente a lo perecedero: como esa flor y esa sombra que develan una lejanía.
No quisiera pasar por ingenuo, pero siempre creí que la libertad se trataba de pájaros, pero todos los pájaros han muerto en algún rincón del futuro. Como todo lo que baila a la luz del tiempo. Entonces deduzco que la libertad eran las nubes, esas que uso para ensombrecerte por una lágrima que te conoce. “Mi tormenta de soledad es una paloma de nubes”, me digo. Me sirvo de la libertad para gritarte que esta vida sólo nos trajo al desencuentro, que cómo no te das cuenta de que sólo basta una caricia tuya para salvar al cielo de todas las nubes que caerán de mis ojos.
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