#1 Telaraña post mortem
Telaraña post mortem
La puerta del anfiteatro se abrió; una lluvia de ingredientes de cocina inundó el aire con aromas y colores. Huevos, harina, yerba, y todo tipo de brebajes preparados para la ocasión, volaban entre risas estallando en la cabeza de Julián, sumado a gritos de “¡bravo contador!”, “¡así se hace!”, y otras felicitaciones por el título obtenido.
Luego de varias celebraciones, Julián pensó que sería una buena idea tomarse unos días de relax en su casa de San Martín de los Andes, aprovechando la temporada invernal para esquiar en las cumbres.
Durante días intentó convencer a algún amigo de acompañarlo, pero era época de parciales, o cumpleaños de abuelas, o aniversarios de bodas. Finalmente decidió ir solo.
La noche anterior al viaje, aburrido en su dormitorio, observaba las valijas armadas al lado del placard. Una repentina nostalgia apareció sin aviso, atentando contra el entusiasmo que portaba hace días. Todos sus amigos, de alguna forma, habían formalizado noviazgos o estaban saliendo con chicas; pero él, enfrascado en la obsesión de recibirse, había dejado de lado todo tipo de vida social y ahora estaba ante las consecuencias. Jamás le había faltado nada porque su situación económica era del más alto nivel, pero en aquellos momentos, el dinero no reemplazaba la soledad.
Fue entonces cuando se percató de su notebook, que hacía meses estaba apagada sobre su escritorio. Sin pensarlo dos veces se conectó a Internet y revisó una vieja cuenta que tenía en una “Red Social” muy conocida; se la había creado un amigo para mantenerse en contacto desde Londres, ya que Julián no gustaba de esas interrelaciones. Cuando ingresó, la bandeja de entrada decía: “158 mensajes sin leer”. No tenía idea de quienes eran la mayoría de esas personas que habían intentado contactarlo; extrañamente, unos parecían ser amigos de otros; y otros, de otros, hasta formarse una gran cadena infinita e intrincada. Mareado, decidió escribir un mensaje en “el muro” para ver si había alguien conectado en tiempo real. Puso:
“¡Hace mucho tiempo que no pasó por acá! Ahora que lo hago estoy muy contento porque finalmente me pude recibir de contador. Después de festejos y festejos, decidí Pasar los próximos días esquiando en mi casa en S.M. de los Andes, por lo que me llevaré la portátil para no sentirme tan solo. Saludos a quien ande por ahí. Julián”.
En el transcurso entre que bajó a buscar una Coca-cola y volvió a su cuarto, un mensaje titilaba en la pantalla. Ansioso, lo leyó. Decía:
“¡Hola, Julián! ¡Felicidades por tu título! Vos no me conoces, pero soy amiga de tus amigos ¡Qué bueno que vas a esquiar! No vas a creer…, pero yo también andaré por ahí. Si de última querés que nos veamos, avisá. Cariños. Lucía”.
A Julián, el entusiasmo le volvió enseguida y, ya en el avión, contaba los minutos para conocer a la chica misteriosa.
Los primeros dos días en la cabaña le pasaron lentísimos. Esquió un par de horas, recorrió la ciudad, tomó chocolate caliente en las mejores confiterías y constantemente se enviaba mensajes por la “Red Social” con Lucía. Finalmente acordaron verse el jueves por la noche en su cabaña; por fin se conocerían.
Julián encargó una cena, compró un buen vino, y le indicó a la mujer que cuidaba la casa que ordene todo y luego se marche. Se sentía realmente confiado; aquella noche recuperaría el tiempo perdido.
Cuando faltaba una hora para la cita, sonó su celular: era Leonardo, su mejor amigo.
—¿Así que te vas a encontrar con una chica? Pero ¿quién es? –indagó.
—Se llama Lucía –respondió Julián ente sonrisas–. Me dijo que es amiga tuya, y de los demás pibes…
—Yo no conozco a ninguna Lucía, Julián.
—¡Qué más da! Aquí lo importante es que tendré una noche de lujo. La vi en una foto y es un bombón. Che, te dejo porque en cualquier momento llega. Después hablamos.
Julián cortó el teléfono. A los pocos minutos llamaron a la puerta. Se incorporó, se miró al espejo arreglándose el cabello, y abrió. Tras el viento helado que se filtró del exterior, los otros se abalanzaron; no tuvo tiempo de reaccionar, a pesar de que hizo el impulso por trancar la puerta. Tres tipos robustos con los rostros cubiertos lo empujaron hacia dentro sujetando sus manos por la espalda.
—¡Quedate en el molde o te reventamos ya!
—¡Llévense lo que quieran! –exclamó–, puedo darles dinero, pero…
Un golpe en la mandíbula le impidió seguir hablando. Julián quedó aturdido, pero eso no le impedía sentir la tibieza de la sangre corriendo por su cara. Su corazón latía desmesurado, tratando de comprender qué había sucedido. ¿Fue la chica? ¿Lo habían engañado?
—Ahora vas a llamar a tu casa y vas a pedir que hagan un giro a tu cuenta bancaria por un millón de dólares.
— ¡¿Qué?! Nadie me va a hacer un giro de un millón de dólares sin pedirme explicaciones.
— Entonces me vas a pasar con tu millonario papito y le voy a explicar bien claro las reglas del juego.
— Podemos negociar en…
Otro golpe. Esta vez en el estómago. El muchacho sentía crujir sus órganos dentro, mientras una nausea se agolpaba en su garganta. Escupió sangre. Levantó la mirada y vio a uno de los tipos hurgando su celular.
—Hablá con tu vieja. Un millón en cinco horas. No quiero llantos, porque sé que la plata la tenés. No está la guita en ese tiempo y te puedo jurar que te mato acá mismo.
No tenía alternativa. Las manos le temblaban; la visión se le nublaba cada vez más. Buscó el número y marcó.
—¿Juliancito? –saludó su madre desde el otro lado.
—Mamá, escuchá bien lo que tengo para decirte. Por favor, no te alteres. Unos tipos me tienen acá… secuestrado… Sí, estoy bien, estoy bien, escuchame: necesito un millón de dólares en cinco horas, tratá de hablar con…
El tipo le quito el teléfono:
—Un millón. Si dentro de cinco horas y un minuto no está, un tiro va a retumbar en medio de la nieve –y colgó.
La familia de Julián Di Mercci comenzó a extraer dinero de todos los lugares en donde tenían depósitos. No era tarea sencilla; a veces las fortunas no están en dinero líquido.
Los minutos de Julián se escapaban como nubes de verano.
Sus padres lograron contactar con financieras y bancos; recaudaron ochocientos mil dólares, a los que adicionarían joyas y relojes importados.
Cuando habían trascurrido cuatro horas y veinte minutos, por fin pudo comunicarse; el teléfono había sido apagado hasta aquel momento.
—¿Tienen el dinero?
—Sí. Es el valor que pide. Dinero y joyas.
—Quiero que lo deje bajo puente Pueyrredón, en una bolsa negra. Alguien de mi confianza lo retirará. Si llama a la policía, su hijo muere.
—Así lo haré. Ahora dejen a Julián en paz, quiero escucharlo, páseme…
Cortaron. Julián respiró aliviado; podía verse en los ojos de aquellos delincuentes que habían obtenido lo que querían. Comenzaron a tomar sus cosas, se taparon los rostros nuevamente y enfilaron hacia la puerta.
Julián intentó zafarse las manos mientras se incorporaba del suelo, pero no llegó a lograr ninguna de las dos cosas, porque el que fuera el jefe de la banda, disparó. Julián, antes de poder darse cuenta, se desplomó en el piso. La puerta de entrada se cerró indiferente.
La noticia destrozó a su familia y a sus amigos. El país entero se conmocionó ante la tragedia; mientras, abogados y fiscales trataban de buscar un hilo en el ovillo, algún indicio que los acercara a los asesinos. Tras el dato aportado por su amigo Leonardo, interpusieron un pedido al sitio de Redes Sociales, solicitando la contraseña del usuario a fin de realizar un rastreo de las personas con quienes había hablado. Asimismo, su familia rogó dar de baja el sitio de Julián, para detener el sinfín de mensajes y respetar su memoria. El sitio respondió que todos los derechos de la información aportada por el usuario eran propiedad exclusiva de la empresa, y que ellos podían disponer de ésta como quisieran. Cada foto, cada comentario y cada dato, era de su esfera propietaria desde el momento en que el registrado aceptaba las condiciones de la página.
Así fue como Julián Di Mercci perdió su vida y sus logros, su familia y sus amigos, enredado en una telaraña mortal que lo atrapó, incluso, hasta después de su muerte.
La puerta del anfiteatro se abrió; una lluvia de ingredientes de cocina inundó el aire con aromas y colores. Huevos, harina, yerba, y todo tipo de brebajes preparados para la ocasión, volaban entre risas estallando en la cabeza de Julián, sumado a gritos de “¡bravo contador!”, “¡así se hace!”, y otras felicitaciones por el título obtenido.
Luego de varias celebraciones, Julián pensó que sería una buena idea tomarse unos días de relax en su casa de San Martín de los Andes, aprovechando la temporada invernal para esquiar en las cumbres.
Durante días intentó convencer a algún amigo de acompañarlo, pero era época de parciales, o cumpleaños de abuelas, o aniversarios de bodas. Finalmente decidió ir solo.
La noche anterior al viaje, aburrido en su dormitorio, observaba las valijas armadas al lado del placard. Una repentina nostalgia apareció sin aviso, atentando contra el entusiasmo que portaba hace días. Todos sus amigos, de alguna forma, habían formalizado noviazgos o estaban saliendo con chicas; pero él, enfrascado en la obsesión de recibirse, había dejado de lado todo tipo de vida social y ahora estaba ante las consecuencias. Jamás le había faltado nada porque su situación económica era del más alto nivel, pero en aquellos momentos, el dinero no reemplazaba la soledad.
Fue entonces cuando se percató de su notebook, que hacía meses estaba apagada sobre su escritorio. Sin pensarlo dos veces se conectó a Internet y revisó una vieja cuenta que tenía en una “Red Social” muy conocida; se la había creado un amigo para mantenerse en contacto desde Londres, ya que Julián no gustaba de esas interrelaciones. Cuando ingresó, la bandeja de entrada decía: “158 mensajes sin leer”. No tenía idea de quienes eran la mayoría de esas personas que habían intentado contactarlo; extrañamente, unos parecían ser amigos de otros; y otros, de otros, hasta formarse una gran cadena infinita e intrincada. Mareado, decidió escribir un mensaje en “el muro” para ver si había alguien conectado en tiempo real. Puso:
“¡Hace mucho tiempo que no pasó por acá! Ahora que lo hago estoy muy contento porque finalmente me pude recibir de contador. Después de festejos y festejos, decidí Pasar los próximos días esquiando en mi casa en S.M. de los Andes, por lo que me llevaré la portátil para no sentirme tan solo. Saludos a quien ande por ahí. Julián”.
En el transcurso entre que bajó a buscar una Coca-cola y volvió a su cuarto, un mensaje titilaba en la pantalla. Ansioso, lo leyó. Decía:
“¡Hola, Julián! ¡Felicidades por tu título! Vos no me conoces, pero soy amiga de tus amigos ¡Qué bueno que vas a esquiar! No vas a creer…, pero yo también andaré por ahí. Si de última querés que nos veamos, avisá. Cariños. Lucía”.
A Julián, el entusiasmo le volvió enseguida y, ya en el avión, contaba los minutos para conocer a la chica misteriosa.
Los primeros dos días en la cabaña le pasaron lentísimos. Esquió un par de horas, recorrió la ciudad, tomó chocolate caliente en las mejores confiterías y constantemente se enviaba mensajes por la “Red Social” con Lucía. Finalmente acordaron verse el jueves por la noche en su cabaña; por fin se conocerían.
Julián encargó una cena, compró un buen vino, y le indicó a la mujer que cuidaba la casa que ordene todo y luego se marche. Se sentía realmente confiado; aquella noche recuperaría el tiempo perdido.
Cuando faltaba una hora para la cita, sonó su celular: era Leonardo, su mejor amigo.
—¿Así que te vas a encontrar con una chica? Pero ¿quién es? –indagó.
—Se llama Lucía –respondió Julián ente sonrisas–. Me dijo que es amiga tuya, y de los demás pibes…
—Yo no conozco a ninguna Lucía, Julián.
—¡Qué más da! Aquí lo importante es que tendré una noche de lujo. La vi en una foto y es un bombón. Che, te dejo porque en cualquier momento llega. Después hablamos.
Julián cortó el teléfono. A los pocos minutos llamaron a la puerta. Se incorporó, se miró al espejo arreglándose el cabello, y abrió. Tras el viento helado que se filtró del exterior, los otros se abalanzaron; no tuvo tiempo de reaccionar, a pesar de que hizo el impulso por trancar la puerta. Tres tipos robustos con los rostros cubiertos lo empujaron hacia dentro sujetando sus manos por la espalda.
—¡Quedate en el molde o te reventamos ya!
—¡Llévense lo que quieran! –exclamó–, puedo darles dinero, pero…
Un golpe en la mandíbula le impidió seguir hablando. Julián quedó aturdido, pero eso no le impedía sentir la tibieza de la sangre corriendo por su cara. Su corazón latía desmesurado, tratando de comprender qué había sucedido. ¿Fue la chica? ¿Lo habían engañado?
—Ahora vas a llamar a tu casa y vas a pedir que hagan un giro a tu cuenta bancaria por un millón de dólares.
— ¡¿Qué?! Nadie me va a hacer un giro de un millón de dólares sin pedirme explicaciones.
— Entonces me vas a pasar con tu millonario papito y le voy a explicar bien claro las reglas del juego.
— Podemos negociar en…
Otro golpe. Esta vez en el estómago. El muchacho sentía crujir sus órganos dentro, mientras una nausea se agolpaba en su garganta. Escupió sangre. Levantó la mirada y vio a uno de los tipos hurgando su celular.
—Hablá con tu vieja. Un millón en cinco horas. No quiero llantos, porque sé que la plata la tenés. No está la guita en ese tiempo y te puedo jurar que te mato acá mismo.
No tenía alternativa. Las manos le temblaban; la visión se le nublaba cada vez más. Buscó el número y marcó.
—¿Juliancito? –saludó su madre desde el otro lado.
—Mamá, escuchá bien lo que tengo para decirte. Por favor, no te alteres. Unos tipos me tienen acá… secuestrado… Sí, estoy bien, estoy bien, escuchame: necesito un millón de dólares en cinco horas, tratá de hablar con…
El tipo le quito el teléfono:
—Un millón. Si dentro de cinco horas y un minuto no está, un tiro va a retumbar en medio de la nieve –y colgó.
La familia de Julián Di Mercci comenzó a extraer dinero de todos los lugares en donde tenían depósitos. No era tarea sencilla; a veces las fortunas no están en dinero líquido.
Los minutos de Julián se escapaban como nubes de verano.
Sus padres lograron contactar con financieras y bancos; recaudaron ochocientos mil dólares, a los que adicionarían joyas y relojes importados.
Cuando habían trascurrido cuatro horas y veinte minutos, por fin pudo comunicarse; el teléfono había sido apagado hasta aquel momento.
—¿Tienen el dinero?
—Sí. Es el valor que pide. Dinero y joyas.
—Quiero que lo deje bajo puente Pueyrredón, en una bolsa negra. Alguien de mi confianza lo retirará. Si llama a la policía, su hijo muere.
—Así lo haré. Ahora dejen a Julián en paz, quiero escucharlo, páseme…
Cortaron. Julián respiró aliviado; podía verse en los ojos de aquellos delincuentes que habían obtenido lo que querían. Comenzaron a tomar sus cosas, se taparon los rostros nuevamente y enfilaron hacia la puerta.
Julián intentó zafarse las manos mientras se incorporaba del suelo, pero no llegó a lograr ninguna de las dos cosas, porque el que fuera el jefe de la banda, disparó. Julián, antes de poder darse cuenta, se desplomó en el piso. La puerta de entrada se cerró indiferente.
La noticia destrozó a su familia y a sus amigos. El país entero se conmocionó ante la tragedia; mientras, abogados y fiscales trataban de buscar un hilo en el ovillo, algún indicio que los acercara a los asesinos. Tras el dato aportado por su amigo Leonardo, interpusieron un pedido al sitio de Redes Sociales, solicitando la contraseña del usuario a fin de realizar un rastreo de las personas con quienes había hablado. Asimismo, su familia rogó dar de baja el sitio de Julián, para detener el sinfín de mensajes y respetar su memoria. El sitio respondió que todos los derechos de la información aportada por el usuario eran propiedad exclusiva de la empresa, y que ellos podían disponer de ésta como quisieran. Cada foto, cada comentario y cada dato, era de su esfera propietaria desde el momento en que el registrado aceptaba las condiciones de la página.
Así fue como Julián Di Mercci perdió su vida y sus logros, su familia y sus amigos, enredado en una telaraña mortal que lo atrapó, incluso, hasta después de su muerte.