#1 La mirada abisal
La mirada de Mateo
Mateo y yo volvíamos de pasear por el centro de San Miguel. Era sábado y, aprovechando que estábamos recién mudados, decidimos dar un paseo y conocer un poco las calles, la gente, el ambiente tucumano. Quedarnos en el departamento hubiera sido tortuoso. Hacía unos treinta y nueve grados, más o menos, y todavía no tenía ventilador. Digamos que afuera no cambiaba mucho la cosa, pero a Mateo parecía no molestarle caminar –aunque la remerita le transpiraba como axila de turco, pobre chico–, se entretenía tarareando sus canciones imaginarias y jugando a mirar detenidamente a la gente en el desafío de ver quién desviaba la vista primero, mientras yo lo llevaba de la mano y observaba la calidad femenina de la ciudad. Ya me lo habían dicho: las tucumanas son la octava maravilla. Ahora, de la apreciación a la consumación sabía que había un trecho insalvable; por lo menos en vistas hacia un futuro no muy lejano. Pocas mujeres prefieren al papá soltero.
Hacia las seis de la tarde volvimos al departamento. Estábamos a punto de entrar cuando a Mateo se le ocurrió comprar alguna chuchería en el kiosco de al lado. La mujer que nos atendió parecía de unos veinticinco años, grandota, “con cara de mala”, según apreció Mateo; llevaba el pelo negro atado en una cola y se movía con lentitud entre las góndolas. El calor allí dentro era espeluznante; poco faltaba para que los motores de las heladeras comenzaran a bullir. La chica me cobró y entre que lo hacía comenté algo acerca del calor, de que íbamos a tener que acostumbrarnos porque no éramos de acá, etcétera. Entonces se presentó: Soy Norma, dijo. Alejandro, mucho gusto; el muchachito es Mateo, mi hijo, nos mudamos hace dos días. Qué bien, ¿de dónde son?,sonrió. De Buenos Aires, respondí, de Barracas. Y hasta ahí llegó la charla porque entró un tipo a comprar y quedaba mal esperar ahí haciendo nada. Salimos, subimos a casa y fin del día.
Pasó poco más de un mes y medio hasta que nos adaptamos a las particularidades de Tucumán; entre ellas, al terrible clima sahárico y los religiosos horarios de siesta. Pero no había más por qué quejarse, al fin y al cabo la gente era agradable y uno se hacía buenos conocidos por donde iba. Mateo se relacionaba bastante bien con los chicos que encontraba en el edificio, y yo no me podía quejar… bueno, sí, viéndolo desde el ángulo de conquistas femeninas iba cero sobre cero; pero me hice algún que otro “buenvecino”. Siguiendo la línea de las relaciones, Norma y Mateo pasaban gran parte del día conversando sobre trivialidades. Mi hijo solía bajar a jugar a la calle y terminaba en el kiosco mangueando algo (en realidad era su forma de acercarse a la gente; extraño, sí, pero cosa de chicos). El novio de Norma a veces se sumaba a las tertulias; yo, en cambio, pasaba el mayor tiempo que podía enfrascado en mi trabajo. Soy Corrector Literario y hago esporádicos trabajos para diarios, revistas y particulares; no me va mal, pero siempre ruego que vaya un poquito mejor.
Un lunes de diciembre, apenas pasada la una de la mañana, volvía a casa después de haberme bebido hasta el agua estancada de los floreros en una fiesta a la que me habían invitado. Había dejado a Mateo en casa, durmiendo. No hubo problema. Cuando doblé la esquina sobre la cuadra del edificio, vi a Norma en la puerta del kiosco; parecía alterada. Estaba enteramente vestida de negro, bien maquillada y con un manojo de llaves en la mano. Supuse que buscaba la indicada para entrar; “quizá olvidó algo antes de salir”, me dije entre la esbornia. Al pasar a su lado la saludé disimulando mi condición. Me miró con los ojos desorbitados, dijo un lejanísimo “hola” y volvió a su tarea. Yo seguí de largo y subí.
Al otro día, poco después del mediodía, me enteré que esa misma noche había muerto. Me contó el hermano, que de cuando en cuando atendía el kiosco, que Norma había salido del negocio a la madrugada y yendo hacia su casa en la moto tuvo el accidente fatal. “Dicen que agarró mal una loma de burro y cayó de frente”, explicó. Sentí que me bajaba la presión mientras me lo relataba. Él había ido a buscar unos papeles al kiosco y a cerrarlo por unos días; colgó en la puerta un cartelito: “Cerrado por duelo”. Le di mi pésame (que nunca supe cómo verbalizar. No hay situación que me vuelva más torpe) y le dije que asistiría al velorio.
Lo más difícil sería contárselo a Mateo, imaginé. Nos habíamos mudado a Tucumán tras la muerte de Claudia, mi mujer, después de que pasara por la agonía de una enfermedad irreversible y nos dejara a Mateo y a mí como dos estatuas inertes de pie ante su lecho. Murió en casa, a los veintinueve años. Un tiempo después de aquello (en lo que no quiero profundizar), todavía en nuestra casa en Barracas, Mateo, mientras miraba la televisión en el comedor, me dijo:
—Mamá no se fue, ¿sabías?
Yo, que enloquecía cada tanto por su ausencia, lo miré con una mezcla de tristeza y de enojo.
—¡¿Qué decís, hijo?! –exclamé. Al instante me di cuenta de que estaba siendo egoísta con su dolor y cambié el tono–: Perdoname, ¿por qué no se fue mamá?
Sin volver la cabeza de la pantalla, respondió:
—Porque se murió acá y se quedó atrapada. Si se moría en otro lado iba a desaparecer…
—Pero ¿qué idea es esa, Mateo? ¿Qué ves en la televisión? –dije y, por segunda vez no pude contener la rabia de su ausencia.
—Mamá nos dijo que quería venir a casa, ¿te acordás?, que no se quería quedar en el hospital después de la coma –expresó.
Era cierto, Claudia, después de haber pasado dos días en coma, me pidió que la llevara a casa, que quería “quedarse ahí”. Esas fueron sus palabras. Transcurrió un día hasta que murió.
—¿Entonces decís que mamá sabía que si se iba al cielo estando en el hospital desaparecería? –pregunté con una mezcla de curiosidad, en tono más bien calmo y familiar.
—Si –dijo–. El espíritu de mamá se quería quedar acá, en casa; sino se iba a perder en el aire como todos los que mueren fuera del lugar que más quieren.
“¡Dios mío!”, pensé; Mateo me generó algo similar al terror de los muertos vivos. Entre la confusión que sentía y el reciente fallecimiento de Claudia, sus palabras sonaron entre dulces y tenebrosas.
Pasó el tiempo y, al notar ciertos comportamientos extraños en Mateo, decidí que sería mejor mudarnos. Así fue que llegamos a Tucumán.
La tarde siguiente a la muerte de Norma, Mateo me dijo que la vio en el kiosco, sentada tras la caja. La sangre se me heló; los pelos de la nuca se me erizaron como alfileres. Es un chico muy inteligente, no lo dudo, pero tiene cosas que todavía no comprendo y me inquietan sobremanera. Aquella tarde en el departamento, mientras yo corregía un original de autor, fue cuando me lo dijo. Lo miré alarmado, como sintiendo que habernos mudado no fue más que un cambio estúpido y vano. Le pedí por favor que dejara de decir esas cosas y se tranquilizara. Lamentablemente, lo único que logré con eso fue amargarlo y hacer que se largara a llorar. Me sentí horrible. Después, a las horas, pasó y volvimos a la calma. Sólo faltaba un paso para que se terminara todo aquello: asistir al velorio de Norma. Mateo, que, como dije, es muy inteligente, me dijo que quería verla, que quería despedirse. Entre pataleo y negativas, no tuve más opción que acceder.
Entramos a la sala de velatorio y nos sentamos en un pequeño patio interior. Mateo y yo vestidos con pantalón negro y camisa; parecíamos Los Hermanos Blues. A nuestro alrededor la gente contaba anécdotas, otros lloraban, otros estaban mudos, suspendidos en el pensamiento. En un momento se nos acercó Jorge, el hermano de Norma, lo saludamos, cruzamos un par de palabras y, no sé cómo se me ocurrió, pero aproveché el instante para preguntarle algo que me había quedado pendiente. Le pedí a Mateo que se alejara un ratito; asintió y se metió al interior de la sala principal.
—Jorge, no quiero ser inoportuno –dije–, pero, ¿a qué hora exactamente falleció Norma?
El hombre suspiró. Parecía hacer cálculos.
—A eso de las once de la noche, un poco antes tal vez –farfulló.
No recuerdo si le di las gracias por aquel dato, pero sí que me empezaron a temblar las piernas y que comencé a sudar. Recordé que era más de la una cuando la vi aquella noche…, la vi queriendo entrar al kiosco (“para no desaparecer”, me dije con las palabras de mi hijo). Entré en la sala algo alterado y lo vi a Mateo bajo la luz tenue de las dicroicas, de pie junto al cajón, observándolo con una apacible sonrisa, con esa particular mirada. Sabía que pasaría un rato hasta que reaccionara así que tomé asiento y esperé; a Mateo, cuando se queda así, es imposible sacarlo. No sé qué verá, pero no puedo juzgarlo, al fin y al cabo yo también vi a Norma tras el accidente. No es tan terrible…, simplemente, como dijo él, es elegir quedarse en casa desde el otro lado, en ese mundo de fantasmas tan quieto e inescudriñable, y tan natural después de todo; ese espacio eterno que hábilmente deberemos ganarnos.
Editado por D.Vitrubio - 05.11.2009 18:16 hs.
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