#1 Un patio de baldosas amarillas
UN PATIO DE BALDOSAS AMARILLAS
Un patio de baldosas amarillas, cubierto por el verde de una parra cuajada de uvas violetas. Macetas con malvones rodean el patio; en el centro una mesa y sillones de hierro forjado, pintados de blanco. El vidrio de la mesa está cubierto con una carpeta bordada. Tazas blancas y una cafetera se apoyan en la carpeta. Sentadas en los sillones, cuatro mujeres sesentonas, una de ellas vestida de luto riguroso y con los ojos enrojecidos, estruja entre sus manos un pañuelo húmedo y arrugado. Las otras mujeres la escuchan en silencio, mientras beben el café y asienten con la cabeza.
El monólogo de la mujer de luto se quiebra en sollozos silenciosos, las lágrimas ruedan por sus mejillas demacradas
- ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué?, ¿por qué me hizo esto?, musita una y otra vez.
¡Si tenía todo para ser feliz! Sí yo la eduqué para que fuera una mujer como corresponde... aunque, ahora que lo pienso y lo pienso, me doy cuenta... siempre fue un poco rara; antes me parecía que todo estaba bien, pero sí hizo lo que hizo, algo estaba mal… pero, ¿qué? No puedo, no puedo entender...siento que lo hizo para vengarse de mí...
-¡No digas eso! - exclama una de las mujeres, entrada en carnes, pollera negra y blusa con florcitas, el pelo negro inmóvil por el peso de la laca - viviste para ella, más no podrías haber hecho. Siempre pendiente de ella y con tu salud... --agrega y saca un cigarrillo de su bolso.
Las otras la miran incómodas, ella se levanta en busca de un cenicero, regresa y se sienta mientras suspira - ¡que vas a hacer, con los hijos nunca se sabe...!
-¡Vaya a saber, es realmente extraño!- dice otra de las mujeres, vestida con jeans y un suéter, el pelo largo y teñido de rubio. Se remueve incómoda en su silla buscando palabras que no existen.
-No lo sé... tenía de todo- continúa la mujer de negro-¡Estábamos tan bien! Cuando volvía del trabajo, yo la esperaba y nos sentábamos acá a tomar mate. Después se encerraba en su cuarto a leer, cenábamos juntas y nos quedábamos viendo televisión hasta que nos íbamos a acostar, nunca discutíamos, no teníamos ningún problema.
- Ustedes saben, porque nos conocemos de toda la vida, que de chica era bastante rebelde, pero yo siempre la pude poner en vereda- continúa hablando en voz muy baja la mujer de negro - Nunca precisé que el padre la castigara, cuando se hacía la loca yo me encargaba de ponerla en su lugar. ¡Tenia un carácter!...me acuerdo que por más que le pegara, jamás lloraba, pero yo la castigaba hasta que terminaba llorando, no me iba a ganar a mí, tenía que enseñarle.
Me dolían más a mí que a ella esos golpes, estoy segura, pero lo hacía por el bien de ella, todo lo hice siempre por su bien y me paga así...-
-Claro que lo hacías por su bien, no te culpes, eso pasó cuando era chica, después siempre se portó bien. Siempre seria, juiciosa- comenta la rubia
-¡Ah, eso sí!- exclama la madre, en un tono más alto, enérgico- Jamás le permitimos que se saliera de la línea... Yo siempre le insistía en que se comportara bien, para que nadie tuviera nada que decir de ella, que se cuidara de los hombres. Yo le enseñé que tenía que desconfiar de todos los hombres... de todos
-Bueno, pero así ella nunca tuvo un novio y eso que era tan linda- dice la otra mujer que hasta ese momento había estado callada, enfundada en un traje sastre, el pelo rojo muy corto, la cartera firme, apretada sobre sus rodillas y un tenue reproche en sus palabras.
-¡Oh! no se le acercaba ningún hombre porque era muy orgullosa, no por lo que yo le hubiera dicho, yo le aconsejaba que tuviera cuidado, que se fijara bien, no le dije nunca que no se buscara un buen marido, un profesional, pero no, prefirió andar sola.
Era muy linda, y muy inteligente también, por eso yo para que no se engrupiera, siempre le decía que era fea, que no se sabía vestir, que no sabía relacionarse con la gente - se larga a llorar desesperadamente -¿por qué me hizo esto, qué voy a hacer yo ahora, tan sola?
-Sola no- dice la rubia, nos tenés a nosotras
-Ya sé, ya sé, pero es distinto...
Su mirada recorre el patio y murmura:- Yo soñaba con ver este patio lleno de nietos. Me la imaginaba casada con un buen partido, que pudiera dejar de trabajar en esa oficina, que tuviera hijos que me acompañaran en mi vejez...
-¡Oh la vejez!, todavía falta mucho para eso, dice la mujer de jeans ajustados.
- No te hagas ilusiones, nosotras ya pegamos la vuelta- le responde la mujer de pelo oscuro- Mirá, ella ya tiene dos nietos- dice señalando a la pelirroja que está a su lado- y a mí, en cualquier momento me hacen abuela.
-Si- murmura la mujer enlutada - el primero llegó casi antes del casamiento.
-Ahora ya nadie se fija en esas cosas ¡no seas tan anticuada ché! - le contesta medio ofendida la mujer que está frente a ella.
Las cuatro quedan en silencio.
Las tres mujeres se miran sin saber que hacer, y luego dirigen la mirada hacia las macetas con malvones, esperando que estos les dicten las palabras que le sirvan de consuelo a la mujer de negro. Esta poco a poco va dejando de llorar, se seca los ojos con el pañuelo arrugado y se inclina para servir más café.
-Perdóname, ¿no te dejó nada… una carta?- pregunta la rubia.
-No, nada, ni una palabra.
-No tendría un novio que vos no supieras, y que la dejó, no sé, o se enteró de que estaba casado -continúa curiosa la rubia.
-No, ¡que va a tener! Si salía de la oficina y venía para acá: no tenía ni amigas. Yo era su amiga, además vos sabés que tenía que venir a cuidarme, yo con mis problemas de corazón no podía estar mucho sola, y desde que quedé viuda, ella era la única que se ocupaba de mí.
-Si, tenés razón, era tan buena, muy callada, parecía orgullosa. Caminaba por el barrio como despreciando... - dice en voz baja la morena.
-No, ¡que va! era así, seria pero despreciativa no, ¡como se te ocurre!; si era tan buena, me cuidaba tanto, ¡que voy a hacer ahora! Perdónenme, la compañía de ustedes es para mí un gran consuelo. Sí al menos hubiera dejado una carta, pero nada, se tomó esas pastillas y no sé porque, si fue un día como cualquier otro. Cenamos, miramos televisión un rato y después se fue a su cuarto, como siempre.
A la mañana, cuando vi que no se levantaba para ir a trabajar fui y la encontré, ahí tendida, tan pálida, tan fría. Las lágrimas caen sobre su blusa. Lo hizo para vengarse de mí...
-¡Por favor! ¿Cómo podés pensar eso? Pero sí sólo tendría que estar agradecida por todo lo que hiciste por ella, por la forma en que la educaste. Vaya a saber lo que pasó por su cabeza, pero vos no tenés que echarte la culpa de nada,... esas cosas pasan porque sí, porque Dios quiere, ahora tenés que pensar en vos y seguir adelante que es lo que ella hubiera querido, pobrecita, que en paz descanse...
Se hace un silencio incómodo.
Las cuatro mujeres permanecen sentadas, quietas, rumiando sus pensamientos.
La rubia se para y se dirige a la cocina: -voy a preparar unos mates ¿quieren?-Las mujeres asienten con la cabeza y permanecen así, inmóviles y silenciosas, hasta que la mujer regresa de la cocina con una bandeja en la que trae el mate y la pava.
Comienza a cebar y todas toman mate en silencio, buscando en vano la forma de continuar la charla.
La mujer de luto exclama de pronto y con furia:- ¡fueron esos libros de porquería que leía!, siempre pegada a los libros, de ahí habrá sacado esa idea estúpida de suicidarse. Porque en mi familia nunca, pero nunca, nadie hizo algo así y sí habremos pasados desgracias, pero quitarse la vida... - solloza nuevamente.
-Es cierto, siempre le gustó leer, era muy estudiosa, la mejor de la división me acuerdo, que raro que no siguiera estudiando- exclama la pelirroja que se alegra de romper el silencio y encontrar un tema de conversación.
-¡Oh! esa fue otra locura de ella. Estudiar quiso seguir estudiando, pero el padre (¡Dios lo tenga en la gloria!) fue muy claro: “te pagamos los estudios para que consiguieras un buen empleo, ahora se acabó”, me acuerdo que le dijo una noche mientras cenábamos, tenés que trabajar y ayudarnos.
Quería estudiar, que sé yo... filosofía y letras, miren para que le iba a servir eso. No, no, yo no lo quería ver pero siempre fue bastante rara.
-La verdad, tu marido tuvo razón- murmura la pelirroja- mirá si hubiera seguido estudiando. El pobre se ve que presintió que le quedaba poco tiempo y como hubieran vivido sólo con la pensión que te dejó…
-Pero- dice la rubia- si hubiera podido estudiar a lo mejor...
-No, por favor, eso que tiene que ver-dice la mujer de negro alzando la voz. Al contrario, ya bastante trastornada estaba con todas las pavadas que leía.
Si hubiera estudiado... tal vez la hubiera perdido antes...- el llanto le quiebra la voz.
Las tres mujeres se miran, ya no saben que decir, vinieron a darle el pésame, pero ahora cada una piensa en su familia, en sus cosas, ya quieren estar en cualquier lado menos en ese patio amarillo lleno de congoja. Ninguna se decide a ser la primera en irse, quieren huir de ese lugar y no saben como hacerlo sin parecer mezquinas.
La mujer de luto se levanta, las mira y les pide:
-Por favor, ahora quisiera estar sola, les agradezco la compañía, me ha hecho bien poder hablar de todo esto, pero estoy muy cansada, quisiera recostarme un rato, tratar de dormir y no pensar, no pensar...
Las otras mujeres también se paran, se dirigen hacia la puerta, se despiden con un beso y se van.
La mujer de luto, regresa, recoge las cosas que quedaron sobre la mesa, las lleva a la cocina. Vuelve con una regadera y comienza a regar las macetas de malvones que adornan el patio vacío.
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Saludos!