#1 La sombra y su rastro
¡Hola a todos! No supe qué prefijo ponerle a esto para que no sea simplemente "cuento", ya que en ralidad lo que necesito es una atenta lectura, una ayudita para pulir un poco más este relato. Una profesora de la facultad a la que voy, dirige un taller literario en un establecimiento privado, en Belgrano. Hablando con ella de todo un poco le conté que escribo y me pidió que le mandara algunas cositas. Le encantó lo que leyó y quiere trabajar con tres cuentos míos en sus clases (¿será como ejemplo de lo que no hay que hacer? jajaja). Me pidió fantástico y realismo mágico. Le dije que le prepararía tres para la próxima semana. Calculo que este será uno de ellos. Espero sus críticas (seriamente, con mandadas al joraca y todo si es necesario) y sus sugerencias. Muchísimas gracias.
La sombra y su rastro
La última noche que oscureció, soñé con una mujer hermosa. No llevaba más vestimenta que una larga túnica negra ceñida a la cintura y unas pequeñas sandalias tejidas. Su figura podría ser ícono del deseo de cualquier hombre. Llevaba el pelo azabache, largo y ondulado, pero el óvalo de su rostro estaba cubierto de sombras y de ruido. “Quien quiera que seas –dije-, me rindo a tu belleza y a tu voluntad”. Me incliné, cayendo en la cuenta de que mis pies no tocaban el suelo de aquel recinto. No sé cómo, pero supe que la mujer sonreía, y que lo hacía con bondad. El sueño no me permitía apreciar sus facciones; imaginé que el ojo humano no podría configurar tal belleza.
El lugar parecía el salón de un enorme castillo medieval, las paredes estaban cubiertas con espejos altos y pinturas barrocas en los espacios entre columnas. Brillaban antorchas en los rincones. Dos suntuosos ventanales en los laterales mostraban una noche cerrada y sin estrellas. Ella estaba en el extremo de una delgada alfombra roja; yo en el otro.
Comencé a acercarme, pero la mujer se alejaba; aunque, curiosamente, sin moverse de su sitio. Con un rápido movimiento del brazo me detuvo en el aire.
—¡Oh!, ¡hijo de la luz y la providencia! ¿Entraste a mi reino a través del manto mágico que cubre tu lecho? –la dulzura de su voz me envolvía los tímpanos.
"¿Manto?, ¿qué manto?". No sabía de qué me hablaba, pero asentí como un lacayo inundado de sumisión y de placer.
—Era tiempo de que volvieras –continuó–; ahora, que ya eres grande, tendrás responsabilidades nobles. Te daré un don, caballero mío; con éste, tu misión será deshacerte de la sombra que asedia a la humanidad… –dijo con cargada solemnidad.
Volví a asentir con una sonrisa digna. Extendió un brazo y movió la mano en forma circular. Sentí una fugaz presión en el pecho, como si algo se estuviera desbordando dentro de mí. Entonces la mujer asintió concluyendo:
—Ya lo tienes, caballero. Ahora despierta y cumple con tu tarea.
Cuando abrí los ojos me encontré con las cuatro paredes de la pequeña habitación monástica. Ya había clareado; no eran más de las seis y media. Me vestí con urgencia y tendí la cama con la mayor prolijidad posible. La enorme manta con la que me había cubierto, yacía ahora en el piso; la doblé y la dejé sobre la cama. El padre Manuel no tardaría mucho en llegar de Roma, por lo que era mejor salir de allí cuanto antes; si descubría que había pasado la noche en su “santo” cuarto, el castigo que me habría tocado por ello, hubiera sido grande. Ese hombre tenía un carácter muy extraño; algunos decían que guardaba los secretos de un santo, otros no podían sostenerle la mirada un segundo. En lo personal, siempre intenté esquivarlo. Mi habitación quedaba justo enfrente de la de él, sobre el pasillo, pero aproveché su ausencia para alejarme un poco de mi compañero de cuarto y su molesto afán de encender sahumerios durante la noche. Pasé años durmiendo a los saltos por ese humo insufrible. Inventé un excusa poco ingeniosa (no se necesitaba gran cosa para engañar su inocencia) y me crucé de cuarto ya entrada la madrugada. Sucedió que, por primera vez en los años que llevo de monje, soñé con algo tan oculto y bello. Secretamente, lo deseaba.
Cuando abrí la puerta que daba al corredor, observé mi propia sombra proyectada sobre la alfombra por la claridad que, de espaldas a mí, entraba por el ventanal. La sombra del hábito sin capucha mirándome desde abajo. Quedé unos minutos contemplándola con vaga extrañeza, recordando las palabras de la Diosa. Tras un instante, tímidamente (y, por qué no, embargado por una sensación de torpeza), la sombra de mi mano se alzó por encima de la sombra de mi cabeza, y dije:
—¡Fuera!
Y fue como un espejismo ver el momento en que mi proyección se degradaba, roída velozmente por la magia que había salido de mí. Incrédulo y temeroso, moví la mano en abanico. Nada, mi sombra ya no estaba, mi cuerpo entero estaba libre de ella. Volví la vista y eché un vistazo a la ventana para asegurarme de que no era un problema de la luz. Todo seguía su lógica natural. Con una sonrisa de satisfacción, salí al pasillo y avancé por los corredores hasta el patio principal. “Ahora solo falta que el efecto caiga sobre la humanidad entera –me dije–, tal como lo ordenó la Diosa”.
Postergué el desayuno y trepé a la cima del campanario. Había unos cuarenta y tantos metros de altura de la cima a la tierra. Si bien el vértigo era mi debilidad peor, intenté hacer corazón mi cobardía. Mientras ascendía, eché un ojo al rastro de oscuridad que dejaba la torre proyectada sobre el patio; sonreí. Dejando una mano libre de la escalera, murmuré “¡fuera!”, y la réplica negra de la torre desapareció. En verdad estaba disfrutándolo.
Ya en el campanario, desde donde podía contemplar la ciudad entera, me senté en la cornisa y oré. Dios estaba conmigo; Dios era Ella y me había elegido. Le agradecí a la divina creación y me incorporé. Con una sonrisa bienhechora, extendí los brazos y los crucé por encima de mi cabeza, al grito de:
—¡¡¡FUERA, SOMBRA!!!
Entonces mi voz se esparció en ondas y ecos, como el efecto de un arco sísmico, borrando todo rastro de sombra de la ciudad, dejándola como una enorme y fría maqueta blanca. Supuse que de igual forma se había extendido por el resto del mundo. “Todo blanco –me dije, al borde de las lágrimas–. ¡Entiendo tu pureza, Diosa mía! –exclamé”.
Me felicité por haber cumplido con el mandato divino. Daba por supuesto que el mundo sentiría dentro la gracia de aquel milagro, que todo sería alegría ahora; pero, al bajar a la calle, me encontré con el caos. Vi a la gente confundida, desesperada, exclamaciones y gritos por acá y por allá. El tránsito se había detenido, las casas se vaciaban para llenar las calles de hombres y mujeres preguntando a gritos adónde había ido a parar su sombra; adónde estaba aquella lógica de la luz cubierta. Observé en sus rostros la urgencia por una respuesta que los devolviera a la cordura. Miraban al sol e inmediatamente bajaban la vista al suelo, buscando rastros del efecto natural.
Avancé hasta la esquina de la plaza central esquivando corridas; me sentí como un criminal contemplando a su víctima. De pronto miré mis manos. Las abrí y las cerré varias veces para despejar la transformación que había sufrido: estaban oscuras y abrasadoras. Toda la penumbra del mundo se cernía sobre mis palmas. Intenté revertirlo, pero no pude. Entonces supuse que los misteriosos planes divinos guardaban algún bien para todo aquello y me tranquilicé con la idea.
Durante los primeros tres días de luz (porque la noche como tal, también había desaparecido) se registró una ola de violencia en la ciudad; la locura parecía haberlos poseído. Hubo algún que otro episodio suicida; entre ellos, dos compañeros del monasterio. Calculé que la suerte del padre Manuel no había sido la mejor, porque jamás regresó de su viaje. Mientras tanto, me pasaba incontables horas pensando en cómo revertir lo que había hecho. Necesitaba una respuesta, así que lo primero que intenté fue reconectar a la Diosa. En mi cama, sólo logré hundirme en un sueño confuso y sin sentido. La habitación de Manuel era la solución: me recosté en su cama, cubriéndome con la enorme manta y, como había sucedido la primera vez, tras una costosa conciliación, aparecí en el castillo de la Diosa.
—¡Señora! –exclamé al verla.
—¡Silencio, lacayo! –bramó con furia. Permanecí quieto, impactado. Se acercó y volvió a hablar–: Este sueño no te pertenecía, ¡No eres el dueño del manto! ¡Impostor! –levantó un brazo, amenazante.
Tras aquella reprimenda comprendí por qué Manuel siempre cerraba la puerta de su habitación con dos candados: la manta que guardaba allí, posiblemente desde niño, escondía el milagro de una salvación que no supe interpretar. Mi error no tenía enmienda ni perdón.
—Se… Señora… -tartamudeé, pero me arrolló con su ira.
—Te pedí que curaras la sombra de las almas, no la sombra que sirve de refugio al hombre… ¡Te maldigo por tu negligencia, monje insensato! ¡De ahora en adelante, tu pobre y servil espíritu, sólo vivirá proyectado por otros! ¡Así remediarás tu perjuicio! –sentenció hoscamente.
Debo reconocer que fue maravilloso ver su perfecto rostro antes de que la noche me tomara. El incandescente brillo de sus ojos ahogando mi ser en el letargo me llenó de paz y de perdón; sentí que aquella feroz revelación de belleza me enriquecía, aún al borde de la inexistencia. El castigo, después de todo, era justo. Así, antes de que mi cuerpo se extendiera sobre la tierra, condenado a la perpetua humillación de reproducir las formas eternamente, sus blancas y brillantes manos me expulsaron con brío de aquel castillo. La veía alejarse sin remedio, a medida que mi alma caía en la noche eterna. Su rostro es el último recuerdo que guardo de la luz.
La sombra y su rastro
La última noche que oscureció, soñé con una mujer hermosa. No llevaba más vestimenta que una larga túnica negra ceñida a la cintura y unas pequeñas sandalias tejidas. Su figura podría ser ícono del deseo de cualquier hombre. Llevaba el pelo azabache, largo y ondulado, pero el óvalo de su rostro estaba cubierto de sombras y de ruido. “Quien quiera que seas –dije-, me rindo a tu belleza y a tu voluntad”. Me incliné, cayendo en la cuenta de que mis pies no tocaban el suelo de aquel recinto. No sé cómo, pero supe que la mujer sonreía, y que lo hacía con bondad. El sueño no me permitía apreciar sus facciones; imaginé que el ojo humano no podría configurar tal belleza.
El lugar parecía el salón de un enorme castillo medieval, las paredes estaban cubiertas con espejos altos y pinturas barrocas en los espacios entre columnas. Brillaban antorchas en los rincones. Dos suntuosos ventanales en los laterales mostraban una noche cerrada y sin estrellas. Ella estaba en el extremo de una delgada alfombra roja; yo en el otro.
Comencé a acercarme, pero la mujer se alejaba; aunque, curiosamente, sin moverse de su sitio. Con un rápido movimiento del brazo me detuvo en el aire.
—¡Oh!, ¡hijo de la luz y la providencia! ¿Entraste a mi reino a través del manto mágico que cubre tu lecho? –la dulzura de su voz me envolvía los tímpanos.
"¿Manto?, ¿qué manto?". No sabía de qué me hablaba, pero asentí como un lacayo inundado de sumisión y de placer.
—Era tiempo de que volvieras –continuó–; ahora, que ya eres grande, tendrás responsabilidades nobles. Te daré un don, caballero mío; con éste, tu misión será deshacerte de la sombra que asedia a la humanidad… –dijo con cargada solemnidad.
Volví a asentir con una sonrisa digna. Extendió un brazo y movió la mano en forma circular. Sentí una fugaz presión en el pecho, como si algo se estuviera desbordando dentro de mí. Entonces la mujer asintió concluyendo:
—Ya lo tienes, caballero. Ahora despierta y cumple con tu tarea.
Cuando abrí los ojos me encontré con las cuatro paredes de la pequeña habitación monástica. Ya había clareado; no eran más de las seis y media. Me vestí con urgencia y tendí la cama con la mayor prolijidad posible. La enorme manta con la que me había cubierto, yacía ahora en el piso; la doblé y la dejé sobre la cama. El padre Manuel no tardaría mucho en llegar de Roma, por lo que era mejor salir de allí cuanto antes; si descubría que había pasado la noche en su “santo” cuarto, el castigo que me habría tocado por ello, hubiera sido grande. Ese hombre tenía un carácter muy extraño; algunos decían que guardaba los secretos de un santo, otros no podían sostenerle la mirada un segundo. En lo personal, siempre intenté esquivarlo. Mi habitación quedaba justo enfrente de la de él, sobre el pasillo, pero aproveché su ausencia para alejarme un poco de mi compañero de cuarto y su molesto afán de encender sahumerios durante la noche. Pasé años durmiendo a los saltos por ese humo insufrible. Inventé un excusa poco ingeniosa (no se necesitaba gran cosa para engañar su inocencia) y me crucé de cuarto ya entrada la madrugada. Sucedió que, por primera vez en los años que llevo de monje, soñé con algo tan oculto y bello. Secretamente, lo deseaba.
Cuando abrí la puerta que daba al corredor, observé mi propia sombra proyectada sobre la alfombra por la claridad que, de espaldas a mí, entraba por el ventanal. La sombra del hábito sin capucha mirándome desde abajo. Quedé unos minutos contemplándola con vaga extrañeza, recordando las palabras de la Diosa. Tras un instante, tímidamente (y, por qué no, embargado por una sensación de torpeza), la sombra de mi mano se alzó por encima de la sombra de mi cabeza, y dije:
—¡Fuera!
Y fue como un espejismo ver el momento en que mi proyección se degradaba, roída velozmente por la magia que había salido de mí. Incrédulo y temeroso, moví la mano en abanico. Nada, mi sombra ya no estaba, mi cuerpo entero estaba libre de ella. Volví la vista y eché un vistazo a la ventana para asegurarme de que no era un problema de la luz. Todo seguía su lógica natural. Con una sonrisa de satisfacción, salí al pasillo y avancé por los corredores hasta el patio principal. “Ahora solo falta que el efecto caiga sobre la humanidad entera –me dije–, tal como lo ordenó la Diosa”.
Postergué el desayuno y trepé a la cima del campanario. Había unos cuarenta y tantos metros de altura de la cima a la tierra. Si bien el vértigo era mi debilidad peor, intenté hacer corazón mi cobardía. Mientras ascendía, eché un ojo al rastro de oscuridad que dejaba la torre proyectada sobre el patio; sonreí. Dejando una mano libre de la escalera, murmuré “¡fuera!”, y la réplica negra de la torre desapareció. En verdad estaba disfrutándolo.
Ya en el campanario, desde donde podía contemplar la ciudad entera, me senté en la cornisa y oré. Dios estaba conmigo; Dios era Ella y me había elegido. Le agradecí a la divina creación y me incorporé. Con una sonrisa bienhechora, extendí los brazos y los crucé por encima de mi cabeza, al grito de:
—¡¡¡FUERA, SOMBRA!!!
Entonces mi voz se esparció en ondas y ecos, como el efecto de un arco sísmico, borrando todo rastro de sombra de la ciudad, dejándola como una enorme y fría maqueta blanca. Supuse que de igual forma se había extendido por el resto del mundo. “Todo blanco –me dije, al borde de las lágrimas–. ¡Entiendo tu pureza, Diosa mía! –exclamé”.
Me felicité por haber cumplido con el mandato divino. Daba por supuesto que el mundo sentiría dentro la gracia de aquel milagro, que todo sería alegría ahora; pero, al bajar a la calle, me encontré con el caos. Vi a la gente confundida, desesperada, exclamaciones y gritos por acá y por allá. El tránsito se había detenido, las casas se vaciaban para llenar las calles de hombres y mujeres preguntando a gritos adónde había ido a parar su sombra; adónde estaba aquella lógica de la luz cubierta. Observé en sus rostros la urgencia por una respuesta que los devolviera a la cordura. Miraban al sol e inmediatamente bajaban la vista al suelo, buscando rastros del efecto natural.
Avancé hasta la esquina de la plaza central esquivando corridas; me sentí como un criminal contemplando a su víctima. De pronto miré mis manos. Las abrí y las cerré varias veces para despejar la transformación que había sufrido: estaban oscuras y abrasadoras. Toda la penumbra del mundo se cernía sobre mis palmas. Intenté revertirlo, pero no pude. Entonces supuse que los misteriosos planes divinos guardaban algún bien para todo aquello y me tranquilicé con la idea.
Durante los primeros tres días de luz (porque la noche como tal, también había desaparecido) se registró una ola de violencia en la ciudad; la locura parecía haberlos poseído. Hubo algún que otro episodio suicida; entre ellos, dos compañeros del monasterio. Calculé que la suerte del padre Manuel no había sido la mejor, porque jamás regresó de su viaje. Mientras tanto, me pasaba incontables horas pensando en cómo revertir lo que había hecho. Necesitaba una respuesta, así que lo primero que intenté fue reconectar a la Diosa. En mi cama, sólo logré hundirme en un sueño confuso y sin sentido. La habitación de Manuel era la solución: me recosté en su cama, cubriéndome con la enorme manta y, como había sucedido la primera vez, tras una costosa conciliación, aparecí en el castillo de la Diosa.
—¡Señora! –exclamé al verla.
—¡Silencio, lacayo! –bramó con furia. Permanecí quieto, impactado. Se acercó y volvió a hablar–: Este sueño no te pertenecía, ¡No eres el dueño del manto! ¡Impostor! –levantó un brazo, amenazante.
Tras aquella reprimenda comprendí por qué Manuel siempre cerraba la puerta de su habitación con dos candados: la manta que guardaba allí, posiblemente desde niño, escondía el milagro de una salvación que no supe interpretar. Mi error no tenía enmienda ni perdón.
—Se… Señora… -tartamudeé, pero me arrolló con su ira.
—Te pedí que curaras la sombra de las almas, no la sombra que sirve de refugio al hombre… ¡Te maldigo por tu negligencia, monje insensato! ¡De ahora en adelante, tu pobre y servil espíritu, sólo vivirá proyectado por otros! ¡Así remediarás tu perjuicio! –sentenció hoscamente.
Debo reconocer que fue maravilloso ver su perfecto rostro antes de que la noche me tomara. El incandescente brillo de sus ojos ahogando mi ser en el letargo me llenó de paz y de perdón; sentí que aquella feroz revelación de belleza me enriquecía, aún al borde de la inexistencia. El castigo, después de todo, era justo. Así, antes de que mi cuerpo se extendiera sobre la tierra, condenado a la perpetua humillación de reproducir las formas eternamente, sus blancas y brillantes manos me expulsaron con brío de aquel castillo. La veía alejarse sin remedio, a medida que mi alma caía en la noche eterna. Su rostro es el último recuerdo que guardo de la luz.
Editado por D.Vitrubio - 07.11.2009 20:26 hs.
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