#1 Sortilegios al instante
Escribí este texto hace un tiempo, para la ronda de humor. Nunca llegó a convencerme, por lo cual no lo subí. Me gustaría pulirlo, y ver qué cosas podría cambiar. ¿Me dan una mano?
Sortilegios al instante
Sandra tenía treinta y siete años, y hacía demasiado tiempo nadie la invitaba a salir. Por eso, cuando Lorena la invitó a un bar con su novio y un amigo, la pobre mujer entró en pánico.
—¿Cita? ¿Yo? ¿Con un hombre?
—Sí, vos. ¿Cuál es el problema? Iremos a comer algo, nada más.
—¿A comer? Pero vos no entendés. Yo no tengo una cita hace años, ni me acuerdo que se hacía.
—Es charlar un poco y nada más.
—Pero ¿qué me voy a poner? Este maldito invierno me hizo comer como un lechón ¡mirá! ¡mirá! —gritaba espantada agarrándose con los dedos los muslos.
—Ponete un tapado y listo —Lorena tecleaba sin girar la vista a Sandra que, de pie, parecía a punto de un ataque de pánico.
—¿Y si se quiere ir? ¿Si le parezco un monstruo y se escapa de la comida dejándome ahí como la reina de la estúpidas?¿Y si...?
—Basta, Sandra. Te buscamos hoy a las nueve.
Sandra terminó el día cometiendo más errores de los que se percató. Metió todas sus cosas en la cartera y salió corriendo del trabajo. Al pasar por el centro, miró algunas vidrieras.
—Hola, quisiera ver algún tipo de prenda para una salida de noche —le dijo a la vendedora.
—¿Talle especial para señora?
—¡¿Qué señora?! ¡¿Qué talle especial?! ¡Mocosa maleducada! ¿Cuántos años te parece que tengo? —todas las personas giraron para ver al protagonista de tamaño escándalo. —¡Esta ropa para escuálidas! ¡Deberían sancionarlos por discriminación! —gritaba mientras revoleaba en la mano una remera minúscula.
A continuación, salió dando un portazo ante la mirada atónita de todos.
Al subir el palier no saludó a nadie. “No puedo ponerme así por un cita de morondanga”, pensó. “Ni que fuera el amor de mi vida el tipo que va a ir...pero ¿y si lo fuera?”, continuó.
Abrió el ropero y comenzó a revolver lo que tenía dentro. Nada la conformaba.
—Esto es de vieja, esto es de estúpida, esto es de la abuela...¡esto! —dijo para sí misma, levantando en el aire un vestido negro sin mangas.
Rápidamente se lo probó y corrió al espejo.
—¡Parezco una morcilla! —aulló a la imagen que se reflejaba. —Estoy en el horno. Ya está. Si tengo que morir soltera, cocinando galletas de avena, y recibiendo sobrinos caprichosos los domingos, que así sea. Ya mismo llamo a Lorena, no pienso ir.
Caminó segura hacia el teléfono, cuando un aviso en la televisión la hizo detenerse.
“¡¡Si usted está cansada de tener esos kilos de más que no puede eliminar con nada, compre YA mismo la media “Magic Slim”, la única con un exclusivo sistema que reduce en INSTANTES esos rollitos y le da una apariencia esbelta y seductora!!”
Continuaba: “Yo luché toda mi vida contra el sobrepeso. Los hombres me ignoraban y las mujeres se me burlaban. Hasta que probé con Magic Slim y mi vida cambió por completo”.
Los ojos de Sandra brillaban desorbitados.
—¡Eso es lo que necesito!
“... entonces llamé ya mismo al 0800-444...”
—¿Hola? Llamo por la media que esconde los rollos... sí, esa... cualquier color, me da mismo... pero yo quiero una, no dos... bueno, bueno, mande dos... ¿una crema reafirmante? ¡Si, si!... algo escuché sobre el cinturón eléctrico que hace los ejercicios automáticos... ¿BAJARÉ 15 KILOS EN 2 SEMANAS?...¡Mande todo! ¿llega hoy?... ¡Perfecto!
En menos de una hora, todos los artilugios se encontraban en la puerta de la casa de Sandra. Rápidamente desenvolvió los paquetes; lo primero que encontró fue el cinturón electrico y se lo puso.
—Lo único que me falta es morir electrocutada... a ver como funciona esto....¡AAAAHHHHHJJJJJJJRRRRRR!
Así estuvo un rato con el aparato hasta que sintió el estómago entumecido.
—Ya casi serán las nueve. Me voy a poner divina.
Lentamente se embadurnó con la crema reafirmante, se puso la media —a duras penas— y se calzó el vestido negro. El espejo le devolvía una imagen completamente distinta.
—¡Estupendo! —se dijo para sí misma.
Lo que Sandra no sabía es lo duro que sería sobrellevar aquella presión. La media le cortaba la circulación del cuerpo y a cada momento sentía que la sangre se agolpaba en su cabeza. No podía formular oraciones coherentes, ni siquiera discernir si el tipo con quien salió era guapo o no.
—Hay un olor raro ¿no? —comentó el muchacho —Como a podrido. A crema podrida.
La visión de Sandra se ennegreció de golpe. Pidió permiso para ir al baño, y llegó casi arrastrándose del dolor de piernas que le había dejado el aparato; era como si hubiera subido el Aconcagua de un trote. En el cubículo del baño, desesperada se sacó toda la ropa, incluida la media, y comprobó para su horror que la crema se estaba pudriendo bajo el exceso de calor que generaba la maya de lycra.
—Madre Santa... aaaayyyyy —respiró aliviada. —Uhh Dios, que bendición, aire puro. ¡Que olor a porquería que tiene esa crema de cuarta! ¡Mañana me van a escuchar esos estafadores! Ahora me pongo esta media asesina, vuelvo, y me voy al diablo. Al final, todo sufrimiento para que este pibe se pase la noche mirando a Lorena.
Pero cuando se quiso subir la prenda, esta se rajo por atrás rompiéndose toda.
—¡Mierda! ¿Todo me va a pasar hoy?
—¡Sandra! ¿Dónde estás? Soy Lorena ¡Está Juan aquí, el que te gusta del laburo! Se sentó recién en la mesa.
—¿Qué? ¿Qué decis? ¡No puede ser!
Y así, la pobre chica no tuvo mas opción que salir con el tapado puesto.
—Hola sandra —la saludó Juan. —¿No tenés calor?
—Eh... no, no. Estoy perfecta —respondió, mientras hacía una mueca para disimular cómo se secaba el sudor de la frente.
—Pero mirá que hace calor aquí —le dijo el novio de Lorena, mientras le intentaba sacar el saco.
—¡¡DEJA ESO AHÍ!! —todos la miraron. —Digo, jeje, que soy muy friolenta, estoy genial.
—Que olor a podrido, che —comentó Juan.
—Perdón que interrumpa, señora, se olvidó esto en el baño —dijo una niña que se aproximaba hacia Sandra. Ésta desencajó la cara ante lo que la chiquilla tenía en las manos: la media rota.
—Abb...bu...daa.. ¡eso no es mío!
—Pero se lo sacó y se lo olvidó.
Todos los ojos iban de Sandra a la media, y de la media a Sandra.
Sandra la tomó despacio y salió corriendo de la sala. No se olvidaría mas aquel día que se dejó llevar por auspicios televisivos. Pero lo peor de todo era que, en su casa, la Tv ya estaba anunciado:
“... y si tuvo un día malo, gris, que preferiría olvidar, no se deprima: compre ya mismo el burbujero de la felicidad. Solo hágalo sonar...blu, blu, blu... y la alegría volverá a su hogar”.
Sortilegios al instante
Sandra tenía treinta y siete años, y hacía demasiado tiempo nadie la invitaba a salir. Por eso, cuando Lorena la invitó a un bar con su novio y un amigo, la pobre mujer entró en pánico.
—¿Cita? ¿Yo? ¿Con un hombre?
—Sí, vos. ¿Cuál es el problema? Iremos a comer algo, nada más.
—¿A comer? Pero vos no entendés. Yo no tengo una cita hace años, ni me acuerdo que se hacía.
—Es charlar un poco y nada más.
—Pero ¿qué me voy a poner? Este maldito invierno me hizo comer como un lechón ¡mirá! ¡mirá! —gritaba espantada agarrándose con los dedos los muslos.
—Ponete un tapado y listo —Lorena tecleaba sin girar la vista a Sandra que, de pie, parecía a punto de un ataque de pánico.
—¿Y si se quiere ir? ¿Si le parezco un monstruo y se escapa de la comida dejándome ahí como la reina de la estúpidas?¿Y si...?
—Basta, Sandra. Te buscamos hoy a las nueve.
Sandra terminó el día cometiendo más errores de los que se percató. Metió todas sus cosas en la cartera y salió corriendo del trabajo. Al pasar por el centro, miró algunas vidrieras.
—Hola, quisiera ver algún tipo de prenda para una salida de noche —le dijo a la vendedora.
—¿Talle especial para señora?
—¡¿Qué señora?! ¡¿Qué talle especial?! ¡Mocosa maleducada! ¿Cuántos años te parece que tengo? —todas las personas giraron para ver al protagonista de tamaño escándalo. —¡Esta ropa para escuálidas! ¡Deberían sancionarlos por discriminación! —gritaba mientras revoleaba en la mano una remera minúscula.
A continuación, salió dando un portazo ante la mirada atónita de todos.
Al subir el palier no saludó a nadie. “No puedo ponerme así por un cita de morondanga”, pensó. “Ni que fuera el amor de mi vida el tipo que va a ir...pero ¿y si lo fuera?”, continuó.
Abrió el ropero y comenzó a revolver lo que tenía dentro. Nada la conformaba.
—Esto es de vieja, esto es de estúpida, esto es de la abuela...¡esto! —dijo para sí misma, levantando en el aire un vestido negro sin mangas.
Rápidamente se lo probó y corrió al espejo.
—¡Parezco una morcilla! —aulló a la imagen que se reflejaba. —Estoy en el horno. Ya está. Si tengo que morir soltera, cocinando galletas de avena, y recibiendo sobrinos caprichosos los domingos, que así sea. Ya mismo llamo a Lorena, no pienso ir.
Caminó segura hacia el teléfono, cuando un aviso en la televisión la hizo detenerse.
“¡¡Si usted está cansada de tener esos kilos de más que no puede eliminar con nada, compre YA mismo la media “Magic Slim”, la única con un exclusivo sistema que reduce en INSTANTES esos rollitos y le da una apariencia esbelta y seductora!!”
Continuaba: “Yo luché toda mi vida contra el sobrepeso. Los hombres me ignoraban y las mujeres se me burlaban. Hasta que probé con Magic Slim y mi vida cambió por completo”.
Los ojos de Sandra brillaban desorbitados.
—¡Eso es lo que necesito!
“... entonces llamé ya mismo al 0800-444...”
—¿Hola? Llamo por la media que esconde los rollos... sí, esa... cualquier color, me da mismo... pero yo quiero una, no dos... bueno, bueno, mande dos... ¿una crema reafirmante? ¡Si, si!... algo escuché sobre el cinturón eléctrico que hace los ejercicios automáticos... ¿BAJARÉ 15 KILOS EN 2 SEMANAS?...¡Mande todo! ¿llega hoy?... ¡Perfecto!
En menos de una hora, todos los artilugios se encontraban en la puerta de la casa de Sandra. Rápidamente desenvolvió los paquetes; lo primero que encontró fue el cinturón electrico y se lo puso.
—Lo único que me falta es morir electrocutada... a ver como funciona esto....¡AAAAHHHHHJJJJJJJRRRRRR!
Así estuvo un rato con el aparato hasta que sintió el estómago entumecido.
—Ya casi serán las nueve. Me voy a poner divina.
Lentamente se embadurnó con la crema reafirmante, se puso la media —a duras penas— y se calzó el vestido negro. El espejo le devolvía una imagen completamente distinta.
—¡Estupendo! —se dijo para sí misma.
Lo que Sandra no sabía es lo duro que sería sobrellevar aquella presión. La media le cortaba la circulación del cuerpo y a cada momento sentía que la sangre se agolpaba en su cabeza. No podía formular oraciones coherentes, ni siquiera discernir si el tipo con quien salió era guapo o no.
—Hay un olor raro ¿no? —comentó el muchacho —Como a podrido. A crema podrida.
La visión de Sandra se ennegreció de golpe. Pidió permiso para ir al baño, y llegó casi arrastrándose del dolor de piernas que le había dejado el aparato; era como si hubiera subido el Aconcagua de un trote. En el cubículo del baño, desesperada se sacó toda la ropa, incluida la media, y comprobó para su horror que la crema se estaba pudriendo bajo el exceso de calor que generaba la maya de lycra.
—Madre Santa... aaaayyyyy —respiró aliviada. —Uhh Dios, que bendición, aire puro. ¡Que olor a porquería que tiene esa crema de cuarta! ¡Mañana me van a escuchar esos estafadores! Ahora me pongo esta media asesina, vuelvo, y me voy al diablo. Al final, todo sufrimiento para que este pibe se pase la noche mirando a Lorena.
Pero cuando se quiso subir la prenda, esta se rajo por atrás rompiéndose toda.
—¡Mierda! ¿Todo me va a pasar hoy?
—¡Sandra! ¿Dónde estás? Soy Lorena ¡Está Juan aquí, el que te gusta del laburo! Se sentó recién en la mesa.
—¿Qué? ¿Qué decis? ¡No puede ser!
Y así, la pobre chica no tuvo mas opción que salir con el tapado puesto.
—Hola sandra —la saludó Juan. —¿No tenés calor?
—Eh... no, no. Estoy perfecta —respondió, mientras hacía una mueca para disimular cómo se secaba el sudor de la frente.
—Pero mirá que hace calor aquí —le dijo el novio de Lorena, mientras le intentaba sacar el saco.
—¡¡DEJA ESO AHÍ!! —todos la miraron. —Digo, jeje, que soy muy friolenta, estoy genial.
—Que olor a podrido, che —comentó Juan.
—Perdón que interrumpa, señora, se olvidó esto en el baño —dijo una niña que se aproximaba hacia Sandra. Ésta desencajó la cara ante lo que la chiquilla tenía en las manos: la media rota.
—Abb...bu...daa.. ¡eso no es mío!
—Pero se lo sacó y se lo olvidó.
Todos los ojos iban de Sandra a la media, y de la media a Sandra.
Sandra la tomó despacio y salió corriendo de la sala. No se olvidaría mas aquel día que se dejó llevar por auspicios televisivos. Pero lo peor de todo era que, en su casa, la Tv ya estaba anunciado:
“... y si tuvo un día malo, gris, que preferiría olvidar, no se deprima: compre ya mismo el burbujero de la felicidad. Solo hágalo sonar...blu, blu, blu... y la alegría volverá a su hogar”.
Editado por Fleurr - 08.11.2009 22:18 hs.
2
. Un relato jocoso, que le da humor a una triste realidad de cierta persona. Sandrita es en este caso la sufrida. Y al final por hacerle caso a su cabecita termina metiendo la pata. Yo opino que cada uno es como es y no tiene que andar dando tanta vuelta con soluciones mágicas... Mmmh, pasame el número igual jaja