#1 París - Un poco de memoria...
Hace dos años estuve en París de viajecito por una semana. Un par de meses atrás tuve un sueño con un montón de recuerdos de esa ciudad. Me desperté y agarré el cuaderno y escribí un poco de esto, que en definitiva creo que habla más de los ojos de uno cuando viaja que de la capital francesa, pero bueh...
Saludos!
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El Reflejo de las Ciudades
“Paris sucks” decía él. Yo trataba de adivinar con algunos nervios brotándome encima qué parte de la ciudad habría visto. O tal vez la explicación estaba en las partes de la ciudad que no había visto.
Durante los viajes siempre hay tiempo para pensar hasta creer que uno descifra el universo. Las esperas en la estación, los momentos que se pierden a través de las ventanas de los trenes, almorzando en una plaza, frente a un lago, un amanecer, un monumento, una pared. Esta cuestión de las ciudades y lo que cada uno puede encontrar, las versiones de ellas que pueden descubrirse. Ese fue un tema que rebotó en mi cabeza un buen rato mientras vagaba a través de la calle Mouffetard (¡sí!, aquella donde aquel personaje de Amelie recibe la cajita con las cosas de su infancia). A pocos metros del hostel estaba aquel lugar donde preparaban esos “Smoothies” (mezcla de yogurth, jugo de naranja y no recuerdo qué más) que aún sonando tan poco franceses guardo como todo un hallazgo de mi estadía en la capital gala.
En un momento “debía” volver al hostel, pero como el “deber” en estos viajes es una mezcla de capricho, deseo y evitable responsabilidad, preferí salir a caminar un poco más. Salir a sorprenderme.
En la “arena”, una especie de Coliseo en miniatura unos niños se batían a duelo pateando una pelota de fútbol de acá para allá. Las “places” de París se dibujaban con esa precisión francesa de verdes brillantes salidos de la paleta de un maestro pintor. Y sus rincones, esos callejones donde la ciudad realmente asoma su pasado, como si nos rebelara sus secretos levantando el telón de una esquina transitada que da paso al desfile de fantasmas de un rincón desierto. Los fantasmas de París.
Es que si hay algún consejo o modo de recorrer París ese sería convertirse en uno de sus espíritus. Desde lo ajeno que inevitablemente resultemos, ser también vagabundos incansables a través de la noche sombría que oculta tras las luces. Atención, en París la noche no es tan difícil de encontrar. Detrás de la luces que la apodan hay sitios donde la sombra toma control y el día parece parte de un sueño que nunca volverá. Es la noche solitaria de París, de hostales con habitaciones de paredes de cartón, luces rojas, mujeres que bailan en otros idiomas, hombres invitados al placer por unos billetes, sepulcros de silencio en avenidas que descansan inmóviles esperando la mañana.
Y fluyendo París la ciudad nos sorprende con balcones, calles estrellas, puentes de suspiros, de traiciones, nunca simplemente de piedra. Subterráneos que se asoman a la superficie, ríos que devuelven la mirada con una sonrisa o un guiño del sol. Catedrales que recuerdan la capacidad y locura del hombre antes que la bondad de un Dios entre sus rocas. Museos que nos hablarán de aquel otro dios pagano que es el arte y sus profetas con el poder de esa mirada diferente y única sobre el mismo mundo que todos pisamos.
Tarde o temprano París nos dirá que esa torre de las películas y postales está realmente ahí, que existe, como sus arcos, sus iglesias, sus museos. Tan real como aquel puesto junto al río donde se vendía una pequeña lata como de sardinas pero llena de... aire de París.
Yo creo que en cualquier parte del mundo las ciudades lo esperan a uno – y cuando digo a uno, digo a todos, claro. Cuando se llega sólo hace falta salir a buscarlas para que ellas salten a nuestro encuentro al mismo tiempo. Pero cuidado: las ciudades nos reflejan. Como un libro que se abre de par en par, son en definitiva nuestros ojos los que le dan forma. Son nuestros pasos, nuestra curiosidad las que van construyendo sus rincones a medida que avanzamos. Ellas nos ofrecen sus formas, su tierra, y nosotros las recreamos con la mirada desde sus cimientos. Quizás por eso ellas cuiden tanto a los viajeros.
Mi París fue una ciudad que supo hechizarme hasta convertirme en uno de sus fantasmas. Una ciudad con todo su pasado vivo a cada paso, donde la nostalgia juega al ajedrez con el presente, como hacen sus dos enormes arcos que se observan y estudian fijo a la distancia noche y día sin parar.
Saludos!
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El Reflejo de las Ciudades
“Paris sucks” decía él. Yo trataba de adivinar con algunos nervios brotándome encima qué parte de la ciudad habría visto. O tal vez la explicación estaba en las partes de la ciudad que no había visto.
Durante los viajes siempre hay tiempo para pensar hasta creer que uno descifra el universo. Las esperas en la estación, los momentos que se pierden a través de las ventanas de los trenes, almorzando en una plaza, frente a un lago, un amanecer, un monumento, una pared. Esta cuestión de las ciudades y lo que cada uno puede encontrar, las versiones de ellas que pueden descubrirse. Ese fue un tema que rebotó en mi cabeza un buen rato mientras vagaba a través de la calle Mouffetard (¡sí!, aquella donde aquel personaje de Amelie recibe la cajita con las cosas de su infancia). A pocos metros del hostel estaba aquel lugar donde preparaban esos “Smoothies” (mezcla de yogurth, jugo de naranja y no recuerdo qué más) que aún sonando tan poco franceses guardo como todo un hallazgo de mi estadía en la capital gala.
En un momento “debía” volver al hostel, pero como el “deber” en estos viajes es una mezcla de capricho, deseo y evitable responsabilidad, preferí salir a caminar un poco más. Salir a sorprenderme.
En la “arena”, una especie de Coliseo en miniatura unos niños se batían a duelo pateando una pelota de fútbol de acá para allá. Las “places” de París se dibujaban con esa precisión francesa de verdes brillantes salidos de la paleta de un maestro pintor. Y sus rincones, esos callejones donde la ciudad realmente asoma su pasado, como si nos rebelara sus secretos levantando el telón de una esquina transitada que da paso al desfile de fantasmas de un rincón desierto. Los fantasmas de París.
Es que si hay algún consejo o modo de recorrer París ese sería convertirse en uno de sus espíritus. Desde lo ajeno que inevitablemente resultemos, ser también vagabundos incansables a través de la noche sombría que oculta tras las luces. Atención, en París la noche no es tan difícil de encontrar. Detrás de la luces que la apodan hay sitios donde la sombra toma control y el día parece parte de un sueño que nunca volverá. Es la noche solitaria de París, de hostales con habitaciones de paredes de cartón, luces rojas, mujeres que bailan en otros idiomas, hombres invitados al placer por unos billetes, sepulcros de silencio en avenidas que descansan inmóviles esperando la mañana.
Y fluyendo París la ciudad nos sorprende con balcones, calles estrellas, puentes de suspiros, de traiciones, nunca simplemente de piedra. Subterráneos que se asoman a la superficie, ríos que devuelven la mirada con una sonrisa o un guiño del sol. Catedrales que recuerdan la capacidad y locura del hombre antes que la bondad de un Dios entre sus rocas. Museos que nos hablarán de aquel otro dios pagano que es el arte y sus profetas con el poder de esa mirada diferente y única sobre el mismo mundo que todos pisamos.
Tarde o temprano París nos dirá que esa torre de las películas y postales está realmente ahí, que existe, como sus arcos, sus iglesias, sus museos. Tan real como aquel puesto junto al río donde se vendía una pequeña lata como de sardinas pero llena de... aire de París.
Yo creo que en cualquier parte del mundo las ciudades lo esperan a uno – y cuando digo a uno, digo a todos, claro. Cuando se llega sólo hace falta salir a buscarlas para que ellas salten a nuestro encuentro al mismo tiempo. Pero cuidado: las ciudades nos reflejan. Como un libro que se abre de par en par, son en definitiva nuestros ojos los que le dan forma. Son nuestros pasos, nuestra curiosidad las que van construyendo sus rincones a medida que avanzamos. Ellas nos ofrecen sus formas, su tierra, y nosotros las recreamos con la mirada desde sus cimientos. Quizás por eso ellas cuiden tanto a los viajeros.
Mi París fue una ciudad que supo hechizarme hasta convertirme en uno de sus fantasmas. Una ciudad con todo su pasado vivo a cada paso, donde la nostalgia juega al ajedrez con el presente, como hacen sus dos enormes arcos que se observan y estudian fijo a la distancia noche y día sin parar.